Archivo por meses: noviembre 2015

La imaginación – P.R.R.

Cuando lo abrí no podía creer lo que veía. Mi mente hizo un repaso rápido de todas las cosas que me pasaron hasta llegar a ese momento.

Yo, Dwight, era policía en Nueva York. Y un día mí  vida cambió por completo, unos ladrones robaron en un banco y me asignaron a mí y a otros compañeros ir allí y detenerlos. Se habían escapado cuando llegamos pero, después de una larga persecución, les pinchamos las ruedas del coche y los teníamos atrapados. Todo parecía ya acabado cuando de repente me pegaron un tiro, me desplomé en el suelo y quedé prácticamente muert. Por suerte, consiguieron reanimarme aunque quedé en coma. Me cuidaron muy bien y conseguí despertarme al mes más o menos, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba… Me desperté en un apocalipsis.

Cuando salí del hospital la calle estaba desierta y había un montón de cuerpos de personas en el suelo. Estaba realmente conmocionado. Lo primero que pensé fue en ir a mi casa a ver a mi familia. Por el camino vi a una persona caminando un tanto raro, cuando me di cuenta de que tenía muchos disparos en el pecho y fui a ayudarle. De la nada, apareció otra persona con una pistola y le pegó un tiro a la cabeza. A mí, por suerte, solo se quedó apuntándome. En ese momento no sabía nada de lo que pasaba y le grité:

-¡Qué haces! ¡¿Acaso estás loco!?
-¿Tú no sabes nada de lo que ha pasado verdad?
-¡No! Solo sé que hay un hombre que se acaba de cargar a otro hombre y ahora mismo está a punto de hacerlo conmigo.
-Ven a mi casa y te explicaré, este sitio es peligroso.

Fuimos a su casa y allí me explicó todo. En su casa estaba su hijo, aparentemente tendría unos 12 años.

-Siéntate ahí. ¿Eso de ahí no será una mordida no?
-¡¿Mordida!? ¡No! Me pegaron un tiro y quedé en coma.
-Ahora lo entiendo todo, no sabes nada de lo que ha pasado…Verás, te explico. Hace unos 15 días que el mundo ya no es lo que era. Por suerte, veo que tú has sido bien cuidado y no te ha pasado nada, pero, la gente, cuando muere vuelve a la vida, a no ser que les des en la cabeza. Y no son precisamente muy amigables… Intentan morderte y si te muerden te conviertes en uno de ellos.
-¿Qué dice? ¡Usted está loco!
– A ver… Coge ese rifle de ahí y mira por la ventana hacia allí.
-Veo a mucha gente caminando raro y algunos tienen un montón de disparos en el cuerpo… ¿Cómo puede ser que sigan vivos? Al final creo que el que está loco es el mundo, no usted.
-Efectivamente amigo… ¿Ves a esa mujer de ahí?
-Sí. ¿Quién es?
-Es… mi esposa. No me atrevo a matarla, no puedo… Por suerte mi pequeño sigue vivo. Y a ti, por suerte, te he encontrado yo, hay personas realmente vivas que no son muy hospitalarias que digamos… ¿Sabes que le ocurrió a mi esposa? Cuando el mundo dejó de ser lo que era reinó el caos, y hay cierto tipo de personas a las que le gusta mucho el caos, deberías saberlo, eres policía, lo digo por esa medalla de ahí.
-Sí, lo sé perfectamente, ¿Qué pasó con tu esposa?
-Bueno, como ya te estoy diciendo, reinó el caos y la gente se puso a saquear todo… Vieron que en mi casa había provisiones, armas… Y vinieron a saquearme. A mi esposa le pegaron un tiro, por suerte yo les dejé que se llevaran algunas provisiones y no hicieron nada más. A mi esposa le entró una fiebre tremenda. Se despertó y casi me muerde…pero la esquivé, y decidí encerrarla hasta que tuve que echarla fuera de la casa porque no podía verla sufriendo y no me atrevía a matarla. Por cierto, me llamo Randall, que con esto del apocalipsis parece que ya no se lleva presentarse.
-Yo Dwight. Necesito ir a mi casa.
-¿Dónde está?
-En esa calle de ahí.
-Parece ser que eres una persona con suerte, por ahí no hay muchos muertos vivientes. Te daré un arma por si a caso, toma.
-Gracias.

Fui a mi casa y, como era de esperar, mi familia no estaba… La impotencia me dominó, cuando de repente, mi amigo Dale apareció.

-¡Tío pensé que nunca ibas a despertar del coma! Con todo esto que está pasando pensé que ya te habrían mordido o habrías muerto sin el cuidado de nadie, pero por lo que veo, te han cuidado y has conseguido despertar del coma. Por cierto necesito tu ayuda. Sé dónde está tu familia y la mía, pero necesito que me acompañes, solo no puedo.
-¡¿Mi familia!? ¡Vamos!

Llegamos al sitio y había una puerta con candado, abrí el candado y entramos. Y sí, efectivamente, estaban nuestras familias… Pero convertida en esas cosas que llaman muertos vivientes. De repente, nos empujaron por detrás y caímos con todas esas cosas.

-¡Ahora entiendo por qué están todos aquí! ¡Los hacían venir, los tiraban y los demás muertos los mordían y estos se convertían!
– Amigo, acabo de despertarme de un coma y parece que mi destino ya acaba aquí…
Pero no fue así, apareció de la nada Randall con una escopeta, mató a los que nos tiraron y a todos los muertos vivientes y nos salvó. Y por si fuera poco nos sacó de ahí con una cuerda.
-¡Muchas gracias tío, nos has salvado! ¿Y tú hijo?
– Algunas de estar personas deplorables han venido a mi casa y lo han matado, suerte que reaccioné a tiempo y a mí no. Lo secuestré y le pregunté por qué hacía eso. Me dijo que eran órdenes, que mataban a las personas y los tiraban aquí para intentar controlar la infección. Y por eso he decidido venir aquí a comprobarlo. Y sí, hacen eso…Es una tremenda tontería, ¡TODOS ESTAMOS INFECTADOS! ¡TODOS SI MORIMOS NOS CONVERTIMOS EN ESTAS COSAS! ¡NO ES NECESARIO HACER ESTO!
-Tranquilízate un poco tío… Sé lo duro que es perder a tu familia, todos los que estamos aquí la hemos perdido.

Todo esto parecerá muy bonito e idílico que nos salvara justo en el momento de nuestra muerte. Pero no, todo esto es obra de mi imaginación, nunca desperté del coma y creo que nunca lo haré.

-¡Tenemos una parada cardiaca en la sala 26! ¡VENID!
– No podemos hacer nada…Ha fallecido. Bueno sí, llamad a la señora Dwight para decírselo.
-¿Señora Dwight, está ahí?
– Sí ¿Cómo está mi marido?
– Lo sentimos…Ha fallecido de una parada cardiaca.
-¡¿CÓMO?! ¡No puede ser!

Muffins para los señores – V. F. S.

Cuando lo levanté lo tuve claro… teníamos sesenta muffins repartidos en dos bandejas, una para la pequeña Marta (la hija de los señores) y otra para mi (la institutriz).
El motivo de los muffins era: en mi caso,  pedir perdón por lo que el otro día se me cayó, en el jardín, sin querer, y Marta era de peloteo.
Todo estaba perfecto, pero sólo había un problema: el tío de Marta, Pedro. Era un hombre alto como un pino, pero delgado como un fideo. Tenía unos ojos pequeños y una nariz enorme, era como un semicírculo (¿conocéis la nariz de Cyrano?, pues peor). Era un hombre de piel blanca, siempre llevaba bombín y traje y además era muy raro.
El caso es que Pedro comía como si fuese un pozo sin fondo, como si su estómago tuviese un agujero…
Teníamos que evitarlo si no queríamos llegar al salón principal (lugar donde se encontraban los padres de Marta) sin ningún muffin. Entonces le dije a Marta en voz baja:
– Tenemos que idear un plan para no encontrarnos con tu tío- dije susurrándole al oído.
– Vale, pero tiene que ser bueno, si no queremos entregarles unas bandejas vacías a mis padres- dijo Marta un poco preocupada.
– Hagamos una cosa, yo iré por los pasillos y tú por el jardín. Si nos dividimos no creo que nos coja -añadí. Está bien, a la de tres: una…dos… ¡TRES!
Salimos corriendo cada uno por su lado, pero claro, no habíamos pensado que: primero, que el olor de los muffins atrajo a Pedro y segundo que seguramente vendría a por mí, la que menos corre de las dos.
Corrí lo más que pude (con una bandeja en la mano no es fácil) y cuando me quise dar cuenta Pedro me estaba persiguiendo como un perro a un hueso. Me persiguió hasta una sala donde yo no quería entrar, donde un paso en falso podía generar una catástrofe: el cuarto de los cristales. Era un cuarto donde la mamá de Marta, la señora Dolores, coleccionaba todo tipo de objetos de cristal. El motivo por el que no quería entrar era por mi poquísima coordinación entre manos y piernas, y si encima le sumamos una gran bandeja de muffins pues…
Entré en la sala y con mucho cuidado pasé por el estrecho pasillo que había entre una estantería y otra. Cuando vi a Pedro  le di unos cuantos muffins con la condición de que me dejase en paz (con lo cual ya sólo me quedaban cuarenta y cinco muffins).
-Menos mal- pensé, pero cuando me volví, le di con la bandeja a una figurita de un perrito, que se cayó al suelo y a su vez arañó a otra figura.
-¡Oh no!- dejé la bandeja en una mesita que había un poco más adelante. Cogí con mucho cuidado la figura (la que todavía estaba “viva”), miré a Pedro con cara de cachorrito degollado:
-No te preocupes, la señora tiene muchas- dijo Pedro con una sonrisa.
-Pero se dará cuenta- dije como si fuese una niña chica a punto de llorar.
-Pues dile la verdad- comentó el.
-Tienes razón, además todavía me quedan muffins para suavizar el golpe- miré a la mesa y pensé que tenía que llegar a ese salón como fuese.

Fantasmas del pasado – J. S. S.

Me desperté en aquella habitación, con una decoración muy simple: un mueble, la cama en la que estaba y una luz tenue que la alumbraba parcialmente. La habitación me resultaba muy familiar, pero no sabía por qué, ¿quizás sea aquella en la que estuve en mi infancia? “No creo”, me dije a mí mismo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, conseguí ver una puerta; me incorporé en la cama y antes de poder levantarme, alguien la abrió; me sobresalté, creía que estaba solo en la casa.
-Hola, ¿Quién eres?— le pregunté, pensando que me respondería, pero me ignoró.
-Hola— repetí—. ¿Sabes hablar mi idioma?
No hubo respuesta en ninguna ocasión, me levanté y me puse delante para detenerle el paso… me atravesó. “¡N-no es posible! ¿E-estoy muerto?”, pensé.
En ese momento mi cabeza se llenó de dudas: ¿cómo he muerto?, ¿qué hago aquí?, ¿quién es ese hombre? Pensé que tenía que salir de allí, resolver mis dudas. ¿Pero cómo? Sin saber cómo, abrí la puerta y salí, había cuatro puertas. “Una de ellas llevará al exterior”, pensé.
Me puse a buscar una que fuese hacia el exterior, cuando la encontré, el paisaje que vi fue realmente extraño: no había nada, solamente una calle desértica, ni un árbol, ni animal ni ser vivo se veía. Todas las ventanas de las casas estaban rotas, todas tenían la misma frase en las puertas: “No hay nada más que la desesperación”.
Estuve meditando durante horas aquella frase: “No hay nada más que la desesperación”. ¿Qué significará? —seguro que tiene algo que ver con la casa en la que estuve— pensé. ¿Pero el qué? Estuve buscando un supermercado o tienda para coger comida, solo vi uno que estaba vacío.
Tendría que volver a la casa para conseguir un poco de comida, esa idea no me gustaba, pero tenía que hacerlo. Cuando volvía me fijé si algo más aparte de las casas estuviese dañado. No, no había nada más dañado, eso me parecía aún más raro, las ventanas eran muy estrechas, si alguien hubiese querido robar, hubiese roto la puerta.
Absorto en mis pensamientos llegué a la casa en la que m desperté. Cuando entré me di cuenta de que la decoración del pasillo era lujosa, nada que ver con la habitación en la que me desperté. Busqué la cocina, no me llevaría más de un par de minutos encontrarla. Al abrir la nevera, me di cuenta de que estaba llena, pensé que en una casa donde no vivía nadie era extraño que la nevera estuviese llena. Me di cuenta de que el hombre que me había encontrado en la habitación no estaba, pensé que a lo mejor se había marchado y que ya volvería.
Cuando terminé de comer, me dispuse a seguir investigando la ciudad, anduve por la ciudad durante, aproximadamente, media hora; llegué a un barrio donde las ventanas no estaban rotas.
-¡Qué extraño!— exclamé— ¡Las ventanas no están rotas! ¿Habrá alguna persona aquí que sea capaz de verme?
Con el corazón en un puño, llamé a la primera casa de la manzana, durante algunos segundos, estuve esperando algún signo de vida, al final decidí marcharme. “Espera, joven”, dijo una voz de anciano a mis espaldas. Extrañado de que alguien fuese capaz de verme, me giré— ¿Es usted capaz de verme? —le pregunté —. Sí, pero detecto algo extraño en ti—hizo una pausa y dijo— estás muerto.
Con un nudo en la garganta, le pregunté cómo era posible que me viese si estaba muerto.
Sencillamente, joven— me sonrió de una manera malévola— te maté yo. —Sentí como desfallecía y estaba a punto de desmayarme— ¿Por qué?— pregunté con un hilo de voz.
A todos nos llega la hora muchacho: a algunos por una enfermedad, a otros por enfermedades y a otros… por un encargo. — Supe que se estaba refiriendo a mí, aproveché para preguntarle— ¿Quién? ¿Por qué la habitación de esa casa me era tan familiar?
El nombre no puedo decírtelo, tampoco puedo describirte quien fue, pero sí puedo responderte el por qué te parce tan familiar la habitación. No sé si te acordarás, pero hace catorce años, viniste a este pueblo de vacaciones, y te hospedaste en esa casa, ese es la razón.
¿Podrías decirme por lo menos donde vive la persona que me quiso matar? — pregunté.
Claro—respondió— vive en aquella casa de allí— me respondió señalándome una casa que parecía a punto de derrumbarse. — después de decírmelo, desapareció.
Me dirigía hacia aquella casa con una mezcla de varias emociones: ira, sorpresa, confusión… Para mi sorpresa, la puerta estaba abierta, me lo tomé como un desafío, como si quisiese demostrarme su superioridad ante mí.
— Bienvenido, Kylan. Te estaba esperando— me enfureció a un más que supiese mi nombre. — ¿Dónde estás? Si eres tan “fuerte” como para mandar alguien a por mí para matarme,               ¡Aparece!
Estoy aquí, Kylan, ¿Es qué no me recuerdas? —Al lado mía apareció una figura femenina, no aparentaba tener más de veintiocho años.
¡Liliane…! ¡Pero qué…!— Ahora sí que estaba confuso de verdad— ¿Por qué has hecho esto?
Creía que eras más listo, Kylan. Tú intentaste matarme a mí, ¡¿Recuerdas?!
Teníamos solo quince años… ¡Tú sabes que fue sin querer!
Aun así, lo intentaste. La venganza es un plato que se sirve frío, Kylan.
Sentí como me volvía cada vez más transparente… hasta desaparecer por completo, escuchaba su voz que decía: “Hasta nunca, Kylan”.

Toda espera tiene su recompensa – M. C. T.

Cuando lo abrí me quedé fascinada por ver lo que contenía, fue una sensación un tanto extraña ya que pensaba que dentro de ese armario estaba la ropa de mis padres, pero vi que no. Lo que contenía era una caja. Al verla noté un cosquilleo en la barriga porque pensaba que era una broma o algo parecido, pero no… estaba ansiosa por ver el contenido de la caja ya que la curiosidad se iba haciendo mayor. Me dispuse a abrirla pero en ese mismo momento entro mi madre, e inmediatamente guarde la caja y cerré el armario. Cuando me pregunto que qué estaba haciendo le respondí con un: “Nada, mamá. Estudiar”. Ante esa respuesta mi madre no supo que decir ya que no tenía ni un libro sobre la mesa pero a ella no le importó y me respondió: “Buenas noches, te quiero”.

Cuando mi madre se fue me di cuenta de que le estaba dando mucha importancia al tema, entonces decidí dormirme. Al día siguiente me desperté a las 7 como es habitual, me duché y me lavé los dientes. En ese momento se me vino a la mente la caja y decidí ir a ver si conseguía verla. No me daba tiempo, así que decidí marcharme sin saber su contenido, ya lo descubriría mas tarde. La mañana se me hizo eterna en el colegio deseando llegar a casa. Cuando terminé las clases salí pitando sin hacer caso a nadie.

“Al fin… llegué”, me decía mientras abría la puerta, al entrar mentí por segunda vez a mi madre y le dije que me iba a estudiar. Pero no… no me iba a estudiar, iba a ver esa caja misteriosa, por así llamarla. Y lo volví a intentar, volví a abrir el armario y en ese momento se me puso una sonrisa en la cara. En el momento en el que me disponía a abrir la caja, entró mi hermano pequeño. Al ver que no era mi madre no le di importancia pero enseguida llegó la pregunta esperada: “¿Eso qué es?”, a lo que respondí: “Nada, no te importa”, así que se fue. No le di mucha importancia, pero desde ese día no pensé ni un segundo en abrirla, pasaron días, meses, años… y la caja seguía allí.

Un 12 de diciembre me acordé de la caja, y de que no había descubierto todavía el misterio que contenía. Me dispuse a abrirla por tercera vez y en esta ocasión estaba por fin sola en mi casa, sin nadie que me pudiera molestar. Abrí el armario y de repente escuché el pestillo de la puerta.  Sentí miedo al no saber quién era, pero pensé que sería mi padre. Lo que haría para abrir la caja sola, sin nadie, era esperar hasta que mi padre se durmiera para poder abrirla. Pero no había manera, no se dormía. “La suerte no es lo mío”, pensé.

Cansada de nuevo de la espera, decidí no abrirla hasta un día en el que no hubiera nadie. Pasaron dos años y no me vi capaz de abrirla. Un día no pude aguantar más y la abrí. Fue una decisión muy importante y esperé varios segundos en reaccionar. Según la iba abriendo me temblaba todo el cuerpo, no sabía qué hacer para calmarme y al fin la abrí. ¿Queréis saber lo que contenía? Contenía muchos recuerdos familiares, cuando lo vi empecé a llorar de alegría, ya que me había dando cuenta de que esos segundos, minutos, horas, años… habían valido la pena.

Si quieres hacer algo y no puedes realizarlo en ese momento, espera lo necesario para poder realizarlo, porque toda espera tiene su recompensa.