Nota de sinceridad – E.M.B.

Cuando lo abrí, no podía ver nada con claridad. La luz me molestaba en el ojo, puesto que el otro ni siquiera podía abrirlo. Mi mente no recordaba nada de lo que ocurrió, o a lo mejor no quería.

Cuando al fin pude mirar alrededor observé el lugar donde me encontraba. Estaba en una habitación blanca, muy iluminada, y en la pared había un cristal que permitía observar qué había detrás. Al ver personas con batas blancas e instrumentos sanitarios comprendí que estaba en un hospital, pero ¿por qué? Empecé a recordar aquel cruce, aquel coche impactando, la sangre que caía en el suelo…

Justo entonces apareció un hombre que no conocía, pero por su aspecto y vestimenta supe enseguida que era un médico.

-¿Cómo te encuentras? ¿Has descansado?-dijo el hombre.

-Bien- le respondí, pero solo podía pensar en una cosa. -¿Dónde está mi familia?

-Me temo que no puedo responder a esa pregunta- me dijo, en su forma de hablar percibí un cierto tono de tristeza que me auguraba lo peor.

-¡Le he preguntado que dónde está mi familia!- le dije enfadada, puesto que no me parecía normal que se negase a responder una pregunta tan sencilla.

-A ver… Esto nunca es fácil de decir. Tú fuiste la que saliste menos dañada. Tu madre y tu hermano recibieron el golpe más fuerte y por desgracia no pudimos hacer nada, fallecieron casi al instante.

No podía creer lo que estaba escuchando, no quería creer lo que estaba escuchando. Los ojos se me empañaron rápidamente de lágrimas, y mi mente estaba muy confusa. No volvería a verlos nunca. Rompí a llorar.

-¿Y dónde está mi padre?- pregunté entre sollozos, mientras intentaba secarme las lágrimas, aunque sabía que no lo lograría porque no iban a cesar.

-Tu padre está ingresado en urgencias, pero está muy grave y ahora mismo no podemos ayudarle. Sé que no es fácil, pero por tu bien sería mejor que te relajases.

Por un momento pensé en hacerle caso, pero algo me incitó a hacerlo, me incitó el amor ya que estaba a punto de perder lo único que me quedaba.

Cuando se fue, salté de la cama y salí corriendo por el pasillo. Oía voces diciéndome que no corriese, pero ya nada me importaba. Crucé pasillos, salitas, bajé escaleras. No sabía adónde iba, pero mi instinto me dijo que siguiera corriendo.

Al final llegué a un lugar muy ajetreado por lo que nadie se percató de mi presencia. Había enfermeros corriendo de aquí y allí con camillas. Busqué a mi padre por las habitaciones, mirando por el cristal, hasta que lo vi. Allí estaba en la camilla. Tenía muy mal aspecto, lleno de vendas y de cortes ensangrentados. Quería entrar, abrazarle, sentirle cerca, pero al verlo, sentí una lástima tan grande que me quedé quieta. Miraba al infinito, con un aire de tristeza, pero de repente esa mirada se dirigió hacia mí. Fue como si hubiese notado mi presencia. En su mirada había un pequeño brillo de esperanza, como si quisiese decir que al menos yo estaba bien. Esa mirada me atravesó el alma porque también había en esos ojos un dolor muy profundo, indescriptible, no por las heridas, sino porque lo iba a perder todo. De repente comenzó a mover los labios. Pude entender lo que decía: “Te quiero”. Después de articular esas palabras se quedó rígido y su mirada dejó de brillar. Ya no estaba ahí.

Me derrumbé en el suelo. En menos de un día había perdido lo más importante de mi vida, y no volvería a recuperarlos. Asusta saber que lo que más quieres lo puedes perder. A partir de ese momento ya nada tenía sentido, nada importaba. Los días siguientes los pasé sin articular palabra. Me limitaba a comer y a mirar al vacío esperando a que el tiempo pasara. Deje de sonreír, deje de disfrutar, deje de soñar, deje de ser feliz. Mi vida dio un vuelco que nunca esperaba que fuese a suceder.

Ahora tenía que vivir con mis padrinos. Ellos me querían mucho y me cuidaban, ya que yo también era lo único que les quedaba. Todos los días pensaba en abandonar, dejarlo todo atrás, terminar con mi sufrimiento de una vez por todas, aunque nunca encontraba el momento. Hasta que un día no pude más. Salí sin fuerza, sin ganas de otro día y sería el último. Fui a un edificio abandonado, para que nadie me viese. Subí lentamente hasta el último piso, al tejado. Allí se veía toda la ciudad, la vista era preciosa. Un atardecer anaranjado iba a presenciar mi fin, pero eso me daba igual. Me subí a la cornisa y miré hacia el suelo. De mis ojos empezaron a emanar lágrimas. Me disponía a saltar cuando, de repente pensé en mi familia. ¿Qué habrían hecho ellos? También pensé en los demás que habían sufrido: mis padrinos, mis tíos, mis abuelos… ¿No han tenido ya suficiente?, me dije. ¿Quieres hacerlos sufrir más? No, pensé, esto no lo habría hecho mi familia. De un salto me baje de la cornisa y en ese mismo instante comprendí que había tomado la decisión más importante de mi vida.

Empecé a ver todo de otra forma, como si todo hubiese sido suerte y no tragedia. Recuperé la sonrisa y más importante, las ganas de vivir, de seguir hacia adelante. Continué, crecí, conseguí un trabajo y formé una familia, pero nunca sin olvidarme de ellos y honrándolos.

Ahora, todos los días por la tarde voy a aquel edificio abandonado para ver el atardecer y pronuncio en voz alta para no olvidarme nunca:

-Me podría haber equivocado, pero sin duda, tomé la mejor decisión.

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