El viaje de mis sueños – L.G.N.

Cuando lo levanté lo tuve claro, el fresco aroma a café recién molido, la suave brisa que azotaba mis mejillas, todo indicaba a uno de los deliciosos desayunos mañaneros preparados por mi madre.

Me levanté de la cama, me vestí rápidamente y me planté en la cocina dispuesta a degustar su elaboración cuando, debajo del vaso del zumo, regalo de mi padre en su viaje a Italia, hallé un sobre, decorado con las típicas rayas blancas, rojas y azules, donde ponía en grande: Evelyn Lasinsky.

Instantáneamente interrogué a mi hermano Michael:
―Eh, panoli, ¿qué pasa contigo? ¿Otra de tus bromitas?
―No cariño, tu padre te ha enviado algo desde California. Lo ha dejado el cartero esta mañana en el buzón y pensé que no había mejor forma de recibirlo que en uno de tus momentos preferidos del día ―respondió mi madre.

Me quedé durante varios segundos sin pestañear, sin poder creerme lo que estaba oyendo. Mis padres están divorciados y ella es la que “tira del carro”, como se dice en España.  Mi padre es músico y se tira prácticamente los 365 días del año de gira, por lo que apenas tiene tiempo para nosotros. Cuando por fin logra hacerse un pequeño hueco en su apretada agenda, dedica ese tiempo a mi hermano, que como os podéis imaginar, al ser el pequeño, es el “niño mimado” de la familia. Por esa razón principalmente me extrañó recibir una carta de él.  En su interior, se encontraban cuatro billetes de avión y una carta donde mi queridísimo padre explicaba todo.  Loca de la emoción, conté todo detalladamente a mi madre, pero había una cosa que no me terminaba de encajar….

―¿Cuatro billetes?―lancé la pregunta al aire―En casa somos tres, a no ser que papá quiera que vaya Trisky, la mascota de la vecina de enfrente―bromeé.

Tengo que confesar que actualmente estoy con un chico, de 18 años como yo, pelo castaño y aplastado y de 1,75 metros de estatura más o menos. Mis padres lo saben y creo que hice bien en decírselo porque, de haberse enterado por terceras personas, no creo que hubiéramos terminado bien. El que peor lo lleva es mi padre, como es habitual. No le gusta la idea de que su hija crezca y tenga una persona con quien compartir su vida. Así que me asombró que enviara un billete de más. Leí la carta más detenidamente y, efectivamente, el otro billete era para Friederich. Sorprendentemente, ¡el avión salía a la mañana siguiente!  Llamé a mi novio y le comuniqué lo de nuestro improvisado viaje, que hiciera la maleta rápido y tal, que partíamos dentro de unas horas.

―¡Pero estás loca! ¿Cómo puedes pensar que tu padre me invitaría a ir de viaje contigo? Vaya, ¡ni en el peor de los sueños!―exclamó sobresaltado.
―Tranquilo Frid―apodo por el que suelo llamarle―también ha mandado una carta donde se podía entender claramente que tú eras el afortunado.

Hicimos las maletas en el transcurso de la tarde y, a la mañana siguiente, el ensordecedor sonido del timbre nos despertó. Era Frid, que venía preparado con su extremadamente grande y lujosa maleta.

―¿Dónde vas con eso? ¡Que solo vamos cuatro días! ―solté una carcajada.

Me vestí con el mejor de mis trajes: dorado, con lentejuelas y de largo hasta los tobillos; cerré la maleta y nos dispusimos a abandonar la casa.

Un taxista nos llevó hasta el aeropuerto, donde, a continuación, facturamos nuestras maletas y esperamos en la puerta de embarque. Nos adentramos en el avión y las azafatas nos asignaron los sitios correspondientes, todos juntos. Lógicamente, me senté al lado de Frid, y al otro lado, el insoportable de mi hermano Michael. Nuestras caras de felicidad eran indescriptibles, jamás habíamos salido de Boston. El vuelo avanzaba con normalidad, ningún inconveniente, salvo la gran inteligencia de mi hermano, que había reventado la pantalla del ordenador.  Minutos más tarde, el pánico se apoderó de nosotros. Aparecieron tres hombres encapuchados y con pasamontañas, armados hasta los dientes. En ese momento, agarré fuertemente la mano de Frid y de Michael, mientras todo el mundo gritaba sin parar. Los tres hombres tomaron el control de la cabina, amenazando (y en ocasiones matando) con simples navajas a las azafatas y piloto de la aeronave.

En ese momento, supe que era el fin. Nueva York era la ciudad idónea para finalizar con mi corta pero intensa vida. Llorando, me despedí de mi madre, hermano y novio, sabiendo que no volveríamos a vernos más y siendo conscientes de que no podíamos hacer nada para salvar nuestras vidas.

―Te quiero―dije a Frid.
―Yo más mi vida―contestó, enojado por no poder hacer nada para salvarnos.

Inmediatamente, los cuatro nos abrazamos, desolados en lágrimas. Decidí despedirme de mi padre como se merecía, así que encendí el móvil y tecleé su número. Su teléfono apagado, para variar. De este modo, le envié un mensaje de voz que decía:

―Te adoro papá.

Finalmente, nos estrellamos contra la torre Norte del World Trade Center. El edificio acabó envuelto en llamas y se derrumbó minutos después… Era un 11 de septiembre de 2001.

Al cabo de un rato, escuché una voz que me resultó muy familiar. Era mi madre, quien gritaba:

―¡Vamos Evelyn, despierta! ¡Llegarás tarde a clase!

Sí, todo había sido un horrible sueño.

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