La carta – C.G.R.

Cuando la levanté lo tuve claro, me llevé la carta a la nariz y la olí, olía a libro viejo, era ese olor que te alegra los días, que te previene de algo que no vas a olvidar, el olor de la experiencia. La desdoblé con cuidado e impaciente por comenzar a leer aquella misteriosa carta me trasladé a aquel 10 de marzo de 1939:

Temblorosa cogí su cabeza y la puse en mi pequeño regazo cuidadosamente. Sollocé el tiempo que la situación me permitía y besé la frente de mi padre.

Tras presenciar aquel suceso sabía que si no escapaba moriría. Todo pasó muy rápido: papá estaba sentado en la mecedora roja leyendo un libro en voz alta para calmar los nervios que rondaban en el ambiente, yo escuchaba atenta la narración sentada en el suelo frente a él, un instante después se encontraba tirado en el suelo rodeado de un charco de sangre y una bala atravesándole la espalda. Yo solo me adentré en lo primero que divisé, el armario, escondida en él, cerré los ojos con fuerza, llorando me acurruqué y recé un padrenuestro pero cuando iba por la mitad de la oración caí en la cuenta de que si Dios no hubiera querido, esto no habría pasado porque, ¿qué había hecho mal mi padre? Él era el hombre más bueno de todos, nos daba galletas a escondidas sin que mi madre se enterase, nos enseñó a leer, siempre nos hacía reír y nos quería mucho a mi mamá y a mis hermanos… desde luego él no se merecía morir por tal tontería como era esta guerra.

Me pareció una eternidad lo que estuve allí escondida e hice oídos sordos a la conversación que tuvieron los que habían matado a mi padre (seguro que habían sido los vecinos, traicioneros y asquerosos… Sí señor) así que no llevaba ni la noción del tiempo ni la situación controlada.

Abrí la puerta muy despacio, el silencio fue sustituido por el desagradable chirrido de la madera. Sentí que algo rozaba mi pierna, me tensé y armada de valor miré hacia abajo para encontrarme al gatito que días atrás mi papá había recogido de la calle: “Mejor que muera por comer demasiado que a manos de los nacionales” había dicho cuando me lo entregó. Lo pegué fuerte contra mi pecho como si de alguna manera pudiera recuperar a mi padre y me apresuré a la puerta trasera de casa. Los condenados habían saqueado la casa.

Decidida, salí de la casa corriendo, el suelo estaba mojado a causa de la lluvia que por suerte había cesado, aunque no veía nada me las arreglé para no toparme con nadie. No respiraba tal aire desde hacía mucho, sano, limpio pero eso sí, lleno de miedo…tal distracción me llevó a chocarme con un portón y a caer al suelo. Reí aunque había dolido, me froté el trasero mientras me reincorporaba, cuando lo hice caminé unos pasos hacia atrás y levanté la cabeza para ver contra qué me había chocado. Ante mí se elevó algo parecido a un teatro deduce que era abandona por la pintura desconchadas y los carteles rotos y mal cuidados. No sabía qué hacer ¿debía entrar? ¿Habría alguien dentro? Suspiré y lancé un grito de desesperación al aire, seguramente fue lo peor que pude haber hecho.

Primero fueron los pasos de los hombres, después el sonido las pistolas seguido de los murmullos y por último, mis lágrimas, una tras otra…

– ¡EH! ¡TÚ, MOZUELA, VEN AQUÍ! – gritó un hombre

Yo estaba inmóvil, tan solo podía pensar en que milagro podía salvarme de esta. Escuché a mis espaldas la puerta abrirse pero yo seguía incapaz de moverme, alguien me tapó la boca y tiró de mí hacia atrás.

Poco pasó después de que, la que era ahora mi compañera de aventuras, me salvara la vida. Tras ese “secuestro” conseguimos despistar a los hombres y nos adentramos en el teatro abandonado. Llevábamos allí mucho tiempo ya, rateábamos un poco de comida y abrigo y nos divertíamos hablando, se había convertido en nuestro día a día aunque eso sí, todavía tenía pesadillas por las noches y ambas nos preguntábamos si ese sería nuestra última risa. Una mañana que comenzó siendo como cualquier otra se me ocurrió ir a investigar un poco y de casualidad encontré un espejo lleno de polvo que conseguí limpiar, lo descoloqué de su sitio y me senté con las piernas cruzadas.

Observé mi reflejo en el cristal, sonreí, no me había percatado pero realmente había cambiado mucho: mi pelo pelirrojo había crecido mucho más y ahora caía enmarañado sobre mi espalda, mis ojos color avellana tenían un brillo que representaba el miedo y la angustia que sentía y mi piel pálida como la nieve tenía un ligero toque sonrojado. De nuevo sonreí y le di gracias a Dios por mi vida, que aún la conservaba…

Un estrépito, un disparo, un grito, ¿qué estaba pasando?

Me levanté y eché a correr hacía donde estaba mi amiga, esta también estaba asustada. La miré pidiendo ayuda y ella me sonrió, me abrazó, era lo que necesitaba.

Nos dirigimos hacia la puerta y nos separamos. No hubo despedida más dura que esa. En ese momento solo deseé un reencuentro.

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