Sin título – J.J.L.

Me desperté en aquella habitación, todo estaba muy oscuro y además me dolía todo el cuerpo. Era un dolor intenso en la cabeza y espalda, también tenía varios moratones en las piernas. Pero eso no importaba quería saber qué hacía allí y por qué.

Cuando me acostumbré a la oscuridad solo vi unos cuantos muebles: una cama llena de polvo y vieja que crujía, una mesita de noche sin los cajones y una lámpara rota sobre ella, un armario pequeño y también una ventana. Me asomé por ella, me asombré bastante de lo que había fuera: coches destrozados, casas derruidas y el polvo levantado después de lo que parecía una explosión. También vi a unas personas a lo lejos, pero no estaba seguro por el polvo de la ventana. La levanté y empecé a gritar:

-¡Eh vosotros!- dije. Por favor, ayud…

No me dio tiempo a terminar porque escuche unos pasos en el pasillo. Me dirigí a la puerta y tiré con todas mis fuerzas. Me asomé por ella y no vi nada, solo un montón de puertas iguales.

-¿Habrá sido mi imaginación?-pensé.

No tenía tiempo para pensar en ello, así que salí y me dirigí hacia aquellas personas que vi. Por el camino solo olía podrido y a quemado. También, en el cielo, había unas cuantas aves volar hacía el este

Cuando llegué la peste a podrido era peor porque desgraciadamente las personas que vi eran cuerpos sin sus extremidades y con agujeros en el pecho. Se me revolvió el estómago y me dieron ganas de vomitar.

Inspeccioné los cuerpos. En uno de ellos había un objeto con el que me puse muy triste y empecé a llorar. Era el pañuelo de mi madre. Me vinieron muchos buenos recuerdos a la mente: la vez que fuimos a comprarme aquel juego que tanto quería, cuando estuvimos en el cráter de aquel volcán inactivo desde hacía miles de años, cuando fuimos a la playa y vimos aquella bonita puesta de sol… Pero siempre con ese pañuelo, era su favorito. Me sequé las lagrimas con él y me lo guardé en le bolsillo.

Seguí andando y me pregunté:

-¿Qué hacía allí el pañuelo de mi madre? ¿Y dónde estará?

No la veo desde que me llevarán en tren a un lugar lejos de la guerra. Pero no recuerdo la cara de mi madre.

-¿Cómo es posible que no la recuerde? -me pregunté extrañado

Porque después estuvo lo del…

-¡El golpe! –exclamé. -¡Ahora lo recuerdo!

Y seguí pensando, me acuerdo de que en el tren el ejército alemán nos asaltó y tuve que saltar por la ventana para escapar, pero me dí un golpe y me desmayé y aparecí en aquella habitación. Pero:

-¿Quién me llevo hasta aquella habitación?-me pregunté

En ese mismo momento, escuché pasos y se dirigían hacia mí. Reaccioné con rapidez y me escondí detrás de una viga de un edificio destruido.

Me quedé unos segundos escondidos. Después me asomé y vi a una persona me recordaba a alguien familiar. Pero se estaba yendo, así que rápidamente fui hacia él porque necesitaba

respuestas y me abalancé sobre su espalda, intentó liberarse, pero le cogí con fuerza y en el forcejeo:

-¿Quién eres? -pregunté

Al preguntarle se fijó en mi cara y dejó de intentar liberarse. Así que lo solté, se puso de pie al igual que yo y se quitó el polvo.

-Mi nombre es Marcos, pero vivo aquí en Londres; o mejor dicho, vivía –dijo.

Era un hombre de aspecto alto y delgado, moreno y ojos color café con voz grave y tranquila.

-Mi nombre es…-dije, pero me interrumpió.

-Yo sé quien eres -contestó él. -Eres el hijo de María, tu madre, y al igual que yo vivíais aquí.

-¿Dónde está mi madre? ¿Dónde está? -le pregunté sobresaltado.

-Está en el refugio del metro, con otras personas y tu hermano.

-¿¡Ah, sí!? ¿Dónde está el metro? –exclamé lleno de alegría. -¿Y desde cuándo tengo un hermano? –añadí.

-Debe ser porque te diste un golpe en la cabeza –me dijo. –Debe de ser eso, porque yo te recogí inconsciente y te llevé a la casa donde te despertaste –explicó. –Tapé la entrada de tu habitación para que nadie entrara. Pensé en quedarme en la habitación de al lado para irnos cuando te despertases, pero venían tropas alemanas y tuve que irme; así que hice todo el ruido posible para que me siguiesen.

Mientras me explicaba todo lo sucedido vino una mujer alta con el pelo negro y ojos castaños. Se acercó y dijo:

-¡Tenemos que huir rápido! ¡Vienen aviones y parece que van a bombardearnos de nuevo!

Huimos rápidamente para ir al metro, pero no nos iba a dar tiempo, porque los aviones estaban prácticamente encima de nosotros. Por suerte no nos vieron, así que nos escondimos debajo de un edificio destruido.

Al principio estábamos en silencio, aunque después empezamos a hablar.

-¿Qué hacías tú ahí fuera? –preguntó Marcos.

-Te estaba buscando –explicó la mujer.

-¿Quién es? –pregunté.

-Es mi mujer. Se llama Claudia.

-¿Y otra pregunta, de qué conoces a mi madre?

-Los dos estudiamos magisterio –me contestó.

Después volvimos a quedarnos en silencio. Ahí escondidos en el refugio se nos hizo de noche. La verdad es que tenía bastante sueño.

-Tengo mucho sueño, creo que voy a intentar dormir –dije.

-Creo que va a ser lo mejor –dijo Claudia. –Venga, vamos.

-Sí, yo también estoy cansado –dijo Marcos.

Pasaron horas hasta que pude dormirme, porque era muy difícil dormir sobre un montón de piedras.

A la mañana siguiente nos despertamos con un dolor de espalda muy intenso. Había que aguantarse. Salimos de donde estábamos refugiados. Nos dirigíamos hacia el metro, donde estaban mi madre y mi hermano.

Ninguno de nosotros dijo nada durante el camino. Pienso que de lo que más teníamos ganas era de llegar, pero no pude aguantarme y empecé a hablar.

-Qué extraño que al final no hubieran lanzado las bombas.

-Creo que no las lanzaron porque no vieron a nadie –aclaró Marcos.

-Sí, puede que fuera eso –añadió su mujer.

Volvimos a quedarnos en silencio. Pasaron las horas. Creo que todos nosotros estábamos pensando en cómo iban a reaccionar los refugiados y sobre todo mi madre y mi hermano. Ahora el rostro de mi madre no era del todo borroso, ya recordaba algo. Aunque aún me quedaba una duda por resolver: por qué en ese cuerpo estaba el pañuelo de mi madre.

Pensando en mis cosas legamos al metro. Nos pusimos muy contentos, teníamos muchas ganas de entrar para estar en un lugar seguro y decente.

Cuando bajamos las escaleras nos llevamos una gran decepción. Por las bombas que cayeron los escombros habían taponado la entrada.

-Bueno, da igual –dijo Marcos. –Hay más entradas.

-Menos mal, pensaba que íbamos a tener que escarbar –dije aliviado.

Subimos las escaleras y dimos toda la vuelta al metro en busca de otra entrada. Por el camino oímos algo que no nos gustó nada. Eran soldados patrullando por la ciudad. No estábamos seguros de qué bando eran y qué estaban buscando, así que nos escondimos detrás de unas barricadas. Por desgracia hicimos ruido, así que empezaron a venir hacia nosotros.

-Wer ist da!? –dijo un soldado.

No sabíamos muy bien lo que significaba lo que dijo, pero hicimos una cosa, a la cuenta de tres salíamos corriendo.

-Unos, dos… ¡tres!-gritó Marcos

-ErschieBt!-dijo el comandante

Y empezaron a disparar, al salir corriendo le dieron a Marcos y se quedó extendido en el suelo.

-¡Nooo!-dijo Claudia llorando

-Te…Tenéis que ir… iros-jadeaba Marcos

-¡Vámonos! ¡Vámonos!-dije

Pero Claudia insistía.

-¡Vámonos o acabaremos igual que él-exclamé

Salimos corriendo y vimos como rodeaban a Marcos.

Por el camino intenté animarla pero ella no me hacía el menor caso.

Llegamos a la entrando del metro, me puse muy contento pero Claudia no.

Cuando entramos había mucha gente, me costo un poco encontrar a mi madre, cuando la encontré no sabía que era ella pero ella me reconoció. Nos dimos muchos besos, abrazos y ella lloró un montón pero yo no tanto. Empezamos a hablar de muchas cosas y se fijó en lo que tenía metido en el bolsillo.

-¿De donde has sacado eso? Tu no estabas con tu padre-me dijo

-Lo encontré en un cuerpo descuartizado-dije

Ella se puso a llorar porque eso significaba que a mi padre lo habían matado

Aunque ese solo fue el principio de la guerra, hubo muchas más muertes y bombas caídas por todo el mundo.

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