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Nota de sinceridad – E.M.B.

Cuando lo abrí, no podía ver nada con claridad. La luz me molestaba en el ojo, puesto que el otro ni siquiera podía abrirlo. Mi mente no recordaba nada de lo que ocurrió, o a lo mejor no quería.

Cuando al fin pude mirar alrededor observé el lugar donde me encontraba. Estaba en una habitación blanca, muy iluminada, y en la pared había un cristal que permitía observar qué había detrás. Al ver personas con batas blancas e instrumentos sanitarios comprendí que estaba en un hospital, pero ¿por qué? Empecé a recordar aquel cruce, aquel coche impactando, la sangre que caía en el suelo…

Justo entonces apareció un hombre que no conocía, pero por su aspecto y vestimenta supe enseguida que era un médico.

-¿Cómo te encuentras? ¿Has descansado?-dijo el hombre.

-Bien- le respondí, pero solo podía pensar en una cosa. -¿Dónde está mi familia?

-Me temo que no puedo responder a esa pregunta- me dijo, en su forma de hablar percibí un cierto tono de tristeza que me auguraba lo peor.

-¡Le he preguntado que dónde está mi familia!- le dije enfadada, puesto que no me parecía normal que se negase a responder una pregunta tan sencilla.

-A ver… Esto nunca es fácil de decir. Tú fuiste la que saliste menos dañada. Tu madre y tu hermano recibieron el golpe más fuerte y por desgracia no pudimos hacer nada, fallecieron casi al instante.

No podía creer lo que estaba escuchando, no quería creer lo que estaba escuchando. Los ojos se me empañaron rápidamente de lágrimas, y mi mente estaba muy confusa. No volvería a verlos nunca. Rompí a llorar.

-¿Y dónde está mi padre?- pregunté entre sollozos, mientras intentaba secarme las lágrimas, aunque sabía que no lo lograría porque no iban a cesar.

-Tu padre está ingresado en urgencias, pero está muy grave y ahora mismo no podemos ayudarle. Sé que no es fácil, pero por tu bien sería mejor que te relajases.

Por un momento pensé en hacerle caso, pero algo me incitó a hacerlo, me incitó el amor ya que estaba a punto de perder lo único que me quedaba.

Cuando se fue, salté de la cama y salí corriendo por el pasillo. Oía voces diciéndome que no corriese, pero ya nada me importaba. Crucé pasillos, salitas, bajé escaleras. No sabía adónde iba, pero mi instinto me dijo que siguiera corriendo.

Al final llegué a un lugar muy ajetreado por lo que nadie se percató de mi presencia. Había enfermeros corriendo de aquí y allí con camillas. Busqué a mi padre por las habitaciones, mirando por el cristal, hasta que lo vi. Allí estaba en la camilla. Tenía muy mal aspecto, lleno de vendas y de cortes ensangrentados. Quería entrar, abrazarle, sentirle cerca, pero al verlo, sentí una lástima tan grande que me quedé quieta. Miraba al infinito, con un aire de tristeza, pero de repente esa mirada se dirigió hacia mí. Fue como si hubiese notado mi presencia. En su mirada había un pequeño brillo de esperanza, como si quisiese decir que al menos yo estaba bien. Esa mirada me atravesó el alma porque también había en esos ojos un dolor muy profundo, indescriptible, no por las heridas, sino porque lo iba a perder todo. De repente comenzó a mover los labios. Pude entender lo que decía: “Te quiero”. Después de articular esas palabras se quedó rígido y su mirada dejó de brillar. Ya no estaba ahí.

Me derrumbé en el suelo. En menos de un día había perdido lo más importante de mi vida, y no volvería a recuperarlos. Asusta saber que lo que más quieres lo puedes perder. A partir de ese momento ya nada tenía sentido, nada importaba. Los días siguientes los pasé sin articular palabra. Me limitaba a comer y a mirar al vacío esperando a que el tiempo pasara. Deje de sonreír, deje de disfrutar, deje de soñar, deje de ser feliz. Mi vida dio un vuelco que nunca esperaba que fuese a suceder.

Ahora tenía que vivir con mis padrinos. Ellos me querían mucho y me cuidaban, ya que yo también era lo único que les quedaba. Todos los días pensaba en abandonar, dejarlo todo atrás, terminar con mi sufrimiento de una vez por todas, aunque nunca encontraba el momento. Hasta que un día no pude más. Salí sin fuerza, sin ganas de otro día y sería el último. Fui a un edificio abandonado, para que nadie me viese. Subí lentamente hasta el último piso, al tejado. Allí se veía toda la ciudad, la vista era preciosa. Un atardecer anaranjado iba a presenciar mi fin, pero eso me daba igual. Me subí a la cornisa y miré hacia el suelo. De mis ojos empezaron a emanar lágrimas. Me disponía a saltar cuando, de repente pensé en mi familia. ¿Qué habrían hecho ellos? También pensé en los demás que habían sufrido: mis padrinos, mis tíos, mis abuelos… ¿No han tenido ya suficiente?, me dije. ¿Quieres hacerlos sufrir más? No, pensé, esto no lo habría hecho mi familia. De un salto me baje de la cornisa y en ese mismo instante comprendí que había tomado la decisión más importante de mi vida.

Empecé a ver todo de otra forma, como si todo hubiese sido suerte y no tragedia. Recuperé la sonrisa y más importante, las ganas de vivir, de seguir hacia adelante. Continué, crecí, conseguí un trabajo y formé una familia, pero nunca sin olvidarme de ellos y honrándolos.

Ahora, todos los días por la tarde voy a aquel edificio abandonado para ver el atardecer y pronuncio en voz alta para no olvidarme nunca:

-Me podría haber equivocado, pero sin duda, tomé la mejor decisión.

La imaginación – P.R.R.

Cuando lo abrí no podía creer lo que veía. Mi mente hizo un repaso rápido de todas las cosas que me pasaron hasta llegar a ese momento.

Yo, Dwight, era policía en Nueva York. Y un día mí  vida cambió por completo, unos ladrones robaron en un banco y me asignaron a mí y a otros compañeros ir allí y detenerlos. Se habían escapado cuando llegamos pero, después de una larga persecución, les pinchamos las ruedas del coche y los teníamos atrapados. Todo parecía ya acabado cuando de repente me pegaron un tiro, me desplomé en el suelo y quedé prácticamente muert. Por suerte, consiguieron reanimarme aunque quedé en coma. Me cuidaron muy bien y conseguí despertarme al mes más o menos, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba… Me desperté en un apocalipsis.

Cuando salí del hospital la calle estaba desierta y había un montón de cuerpos de personas en el suelo. Estaba realmente conmocionado. Lo primero que pensé fue en ir a mi casa a ver a mi familia. Por el camino vi a una persona caminando un tanto raro, cuando me di cuenta de que tenía muchos disparos en el pecho y fui a ayudarle. De la nada, apareció otra persona con una pistola y le pegó un tiro a la cabeza. A mí, por suerte, solo se quedó apuntándome. En ese momento no sabía nada de lo que pasaba y le grité:

-¡Qué haces! ¡¿Acaso estás loco!?
-¿Tú no sabes nada de lo que ha pasado verdad?
-¡No! Solo sé que hay un hombre que se acaba de cargar a otro hombre y ahora mismo está a punto de hacerlo conmigo.
-Ven a mi casa y te explicaré, este sitio es peligroso.

Fuimos a su casa y allí me explicó todo. En su casa estaba su hijo, aparentemente tendría unos 12 años.

-Siéntate ahí. ¿Eso de ahí no será una mordida no?
-¡¿Mordida!? ¡No! Me pegaron un tiro y quedé en coma.
-Ahora lo entiendo todo, no sabes nada de lo que ha pasado…Verás, te explico. Hace unos 15 días que el mundo ya no es lo que era. Por suerte, veo que tú has sido bien cuidado y no te ha pasado nada, pero, la gente, cuando muere vuelve a la vida, a no ser que les des en la cabeza. Y no son precisamente muy amigables… Intentan morderte y si te muerden te conviertes en uno de ellos.
-¿Qué dice? ¡Usted está loco!
– A ver… Coge ese rifle de ahí y mira por la ventana hacia allí.
-Veo a mucha gente caminando raro y algunos tienen un montón de disparos en el cuerpo… ¿Cómo puede ser que sigan vivos? Al final creo que el que está loco es el mundo, no usted.
-Efectivamente amigo… ¿Ves a esa mujer de ahí?
-Sí. ¿Quién es?
-Es… mi esposa. No me atrevo a matarla, no puedo… Por suerte mi pequeño sigue vivo. Y a ti, por suerte, te he encontrado yo, hay personas realmente vivas que no son muy hospitalarias que digamos… ¿Sabes que le ocurrió a mi esposa? Cuando el mundo dejó de ser lo que era reinó el caos, y hay cierto tipo de personas a las que le gusta mucho el caos, deberías saberlo, eres policía, lo digo por esa medalla de ahí.
-Sí, lo sé perfectamente, ¿Qué pasó con tu esposa?
-Bueno, como ya te estoy diciendo, reinó el caos y la gente se puso a saquear todo… Vieron que en mi casa había provisiones, armas… Y vinieron a saquearme. A mi esposa le pegaron un tiro, por suerte yo les dejé que se llevaran algunas provisiones y no hicieron nada más. A mi esposa le entró una fiebre tremenda. Se despertó y casi me muerde…pero la esquivé, y decidí encerrarla hasta que tuve que echarla fuera de la casa porque no podía verla sufriendo y no me atrevía a matarla. Por cierto, me llamo Randall, que con esto del apocalipsis parece que ya no se lleva presentarse.
-Yo Dwight. Necesito ir a mi casa.
-¿Dónde está?
-En esa calle de ahí.
-Parece ser que eres una persona con suerte, por ahí no hay muchos muertos vivientes. Te daré un arma por si a caso, toma.
-Gracias.

Fui a mi casa y, como era de esperar, mi familia no estaba… La impotencia me dominó, cuando de repente, mi amigo Dale apareció.

-¡Tío pensé que nunca ibas a despertar del coma! Con todo esto que está pasando pensé que ya te habrían mordido o habrías muerto sin el cuidado de nadie, pero por lo que veo, te han cuidado y has conseguido despertar del coma. Por cierto necesito tu ayuda. Sé dónde está tu familia y la mía, pero necesito que me acompañes, solo no puedo.
-¡¿Mi familia!? ¡Vamos!

Llegamos al sitio y había una puerta con candado, abrí el candado y entramos. Y sí, efectivamente, estaban nuestras familias… Pero convertida en esas cosas que llaman muertos vivientes. De repente, nos empujaron por detrás y caímos con todas esas cosas.

-¡Ahora entiendo por qué están todos aquí! ¡Los hacían venir, los tiraban y los demás muertos los mordían y estos se convertían!
– Amigo, acabo de despertarme de un coma y parece que mi destino ya acaba aquí…
Pero no fue así, apareció de la nada Randall con una escopeta, mató a los que nos tiraron y a todos los muertos vivientes y nos salvó. Y por si fuera poco nos sacó de ahí con una cuerda.
-¡Muchas gracias tío, nos has salvado! ¿Y tú hijo?
– Algunas de estar personas deplorables han venido a mi casa y lo han matado, suerte que reaccioné a tiempo y a mí no. Lo secuestré y le pregunté por qué hacía eso. Me dijo que eran órdenes, que mataban a las personas y los tiraban aquí para intentar controlar la infección. Y por eso he decidido venir aquí a comprobarlo. Y sí, hacen eso…Es una tremenda tontería, ¡TODOS ESTAMOS INFECTADOS! ¡TODOS SI MORIMOS NOS CONVERTIMOS EN ESTAS COSAS! ¡NO ES NECESARIO HACER ESTO!
-Tranquilízate un poco tío… Sé lo duro que es perder a tu familia, todos los que estamos aquí la hemos perdido.

Todo esto parecerá muy bonito e idílico que nos salvara justo en el momento de nuestra muerte. Pero no, todo esto es obra de mi imaginación, nunca desperté del coma y creo que nunca lo haré.

-¡Tenemos una parada cardiaca en la sala 26! ¡VENID!
– No podemos hacer nada…Ha fallecido. Bueno sí, llamad a la señora Dwight para decírselo.
-¿Señora Dwight, está ahí?
– Sí ¿Cómo está mi marido?
– Lo sentimos…Ha fallecido de una parada cardiaca.
-¡¿CÓMO?! ¡No puede ser!

Sueños oscuros – M.G.M.

Cuando abrí esa puerta no me imaginaba que días después me iba a encontrar en esta situación.

Mi mente se quedó en blanco al intentar describir esa mañana. No hizo falta mucho para hacerme olvidar: pastillas, muchas pastillas en contra de mi voluntad. En mi corto, pero intenso, delirio le di vueltas a todo lo que me había pasado en aquellos últimos días. Los golpes, las cuatro paredes, el ascensor y la sensación de morir ahogada, obviamente sabía que eso acabaría sucediendo tarde o temprano, tan solo estaban esperando al momento y al lugar adecuado.

Unas terribles punzadas de dolor recorrieron mi cuerpo aunque, a estas alturas, estaba casi convencida de que era imposible sentir algo. Me equivocaba, como he estado haciendo constantemente, dando palos de ciego o de estúpida.

Podría haber dicho muchas cosas más. Podría estar en clase ahora mismo o podría estar comiendo con mis amigos. Luego seguramente acabaríamos tirando la comida ¿Por qué? No éramos conscientes de lo que hacíamos y el menor de nuestros problemas era malgastar. Ojalá siguiera siendo así. ¿Me arrepiento de algo? Medito mi respuesta, está bastante clara. Sí, pero eso no importa ya. Pasado pisado, ¿o no dicen eso?

Me duele la cabeza. No puedo ordenar una frase completa sin que las letras empiecen a dar vueltas en mi mente como si fueran meteoritos sin una atmósfera que los apaciguara. Es extraño y para nada bonito.

Lo último que recordaba era la habitación en la que me habían encerrado. Era pequeña, tenía una bombilla colgando del techo y el resto de la sala estaba completamente vacía. Me empujaron, forcejeé y un hombre robusto me dio una patada en la entrepierna. Ahogué un grito y con un último empujón acabé tirada en el suelo. Entonces rieron, y sus risas perduraron durante varios largos minutos. De eso hacía ya varias horas, creo.

Los recuerdos golpeaban mi subconsciente intentando reproducirse, pero desvaneciéndose en el intento. No estoy segura de que me han dado, aunque algo muy fuerte seguro.

¿Qué si sé por qué estoy aquí? Creía saberlo, creía tenerlo claro, pero lo cierto es que no lo sé.

Imágenes rondan mi cabeza: una bandada de pájaros, una tormenta, un joven corriendo desesperadamente y yo, vestida de rojo mirando el horizonte.

Lucho por abrir los ojos, una batalla de la que salgo victoriosa. Al principio todo está borroso, no distingo absolutamente nada. Poco a poco todo cobra visibilidad.

La habitación es la misma en la que me dejaron, lo que significa que no parece un sueño. Tengo moratones por todo el cuerpo, y creo que me he torcido el tobillo, aunque eso es lo que menos me importa ahora. Solo pienso en cómo huir de aquí.

La habitación está totalmente sellada. La única forma de entrar o salir es una puerta. Esta me llama la atención: es negra, con extraños símbolos en dorado y, por si fuera poco, un gran candado en el centro. Desde luego algo he tenido que hacer. Reviso de nuevo la habitación. Es oscura, no hay luz, salvo por la pequeña bombilla mugrienta que hay en el techo, colgando de un mísero alambre. Veo a los pies de la puerta una pequeña bandeja con un trozo de pan y un vaso, metálico, con agua.

Tardo un tiempo en comprender que no tengo opción. No hay salida. Todas mis ideas son completamente nulas. ¿Por qué no me matan ya? ¿Qué necesidad hay de hacerme esperar? ¿Para qué darme comida, cuando puedo morir de hambre?

Demasiadas preguntas sin respuesta. Me tumbo en el suelo, mirando al techo. Mi pelo está enredado y sucio. Mis manos llenas de arañazos. Y pensando en mi mala suerte caí rendida, en un profundo y largo sueño. Los brazos de Morfeo me dan la bienvenida.

Una hora. Dos horas. Tres horas. Cuatro horas. Cinco horas. Seis horas y pierdo la cuenta. Un terrible pitido me despierta.

Abro los ojos sobresaltada. No puedo creer lo que veo. Todo es mentira. Todo son imaginaciones mías.

Estoy en mi cuarto, tumbada en mi cama. Miro el reloj. Son las nueve de la mañana y llego tarde a clase. Era tan real. Parecía tan real. Pero ahora lo entiendo todo.

El candado estaba en el interior de mi celda, lo que da pie a pensar que nadie podía haberme encerrado a menos que estuviera conmigo y eso me parece poco probable. Yo me mantenía encarcelada. Posiblemente si me hubiera levantado a girar el pomo hubiera abierto la puerta. Pero todo es mentira.

Temo volverme loca.

Suspiro. Menos mal.

Sigo en mi mundo, buscando formas para explicar el porqué de ese sueño tan real.

Mis ojos van a mi mesilla en la que está el libro cuya lectura comencé la noche anterior, “Sueños Oscuros”, escrito por un autor no muy conocido. Ahí está la razón.

Me alegro de haber despertado. Cojo el libro y continúo mi lectura por donde me quedé la última vez: “Cuando abrí…”

Cuando lo abrí… – A. T. V.

Cuando lo abrí ni me imaginaba cómo de grande sería la sorpresa que contenía esa caja tan aparentemente pequeña. Y es que por fin lo había conseguido, después de tanto tiempo intentando lograrlo, el equipo en el que se encontraban todas las superestrellas del balonmano se había fijado en mí. Jugaría codo a codo con personajes como Nikola Karabatić, Luc Abalo, Mikkel Hansen y muchos otros. No podía creerlo todavía, el París Saint-Germain estaba esperando mi llamada y la confirmación del día que me incorporaría al equipo. La oferta era por un año y si les gustaba -tanto a ellos como a mí-, me renovarían sin problemas. Estaba dispuesto a darlo todo para no defraudarles y demostrarles que habían hecho lo correcto, que jugaría para ellos dando lo mejor de mí en cada entrenamiento, en cada partido, no iban a querer deshacerse de mí tan fácilmente.

No podía contener las ganas de meter saltos por toda la casa y gritar a los cuatro vientos que mi sueño se había convertido en realidad. Se me ocurrió que la mejor forma de celebrarlo sería haciendo una enorme fiesta e invitar a todos mis amigos y familia para contarles en persona la noticia. Y eso hice, me puse manos a la obra y en unas horas lo tuve todo organizado gracias a la ayuda de Carlos, un chaval de los que ya no quedan, de los que dan sin querer nada a cambio, mi mejor amigo y con el que puedo contar para todo. Por supuesto, él fue uno de los primeros en enterarse de la noticia y no tardó en venir a casa para darme su enhorabuena y ayudarme con los preparativos. Me sorprendió la confirmación de casi todos los invitados, ya que con tan poco tiempo, ninguno dudó en venir a la fiesta. La casa quedó estupenda para la fiesta y pasamos una noche muy buena todos juntos.

Días después, cuando ya me daba cuenta verdaderamente de lo que se me venía encima, empecé a prepararlo todo. Compré un billete de ida para París, comencé a hacer la maleta y me compré unas botas nuevas, eran de la nueva temporada para parqué, de color azul. Preparé también el móvil para no perderme del todo lo que pasaba en mi ciudad, no quería estar fuera de aquí en todos los sentidos, era mi sueño, sí, pero todo esto, mi ciudad, mi gente lo había hecho posible y sin ellos, nada de esto me podría estar pasando, por ello arreglé todo lo necesario para que mi teléfono funcionase fuera.

Era el último día antes de irme, por la noche se reunió toda mi familia para hacerme una cena de despedida. Tenía que salir de casa temprano, el avión salía a las 6 de la mañana y no me daba tiempo a dormir y, además estaban esos malditos nervios que me acompañaban desde el día que recibí la noticia, era un sueño sí, pero no podía terminar de creérmelo hasta que estuviera ya allí. Mi familia se quedó en casa hasta poco antes de tener que marchar hacía el aeropuerto, cogimos el coche todos juntos y fuimos camino a la terminal. Ya allí, me despedí de ellos y sólo quedaron mis padres y mi hermano para despedirme justo en las vallas del control. Los iba a echar de menos, las peleas con mi hermano, las regañinas de mi madre y la tranquilidad que me transmitía mi padre…

Pasado el control, saludé a mis padres desde el otro lado del control y ya sólo me tocaba encontrar la puerta de embarque. No fue difícil dar con ella. Me senté a esperar unos minutos hasta que se escuchó la megafonía con el número de mi vuelo, entonces me levanté, cogí el equipaje y me dirigí hacia la puerta. Allí esperaban un par de azafatas de vuelo comprobando documentación y billetes, sin más pasé. Nunca se me había hecho tan largo el pasillo que hay que recorrer hasta el avión. Busqué mi asiento y cuando ya me disponía sentado, me puse los cascos y mi canción preferida de fondo, no quería otra cosa más que desconectar y pensar en todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Sin darme cuenta me quedé dormido y cuando abrí los ojos… ¡No podía ser! Estaba en mi cuarto, nada había cambiado, no había maletas hechas ni botas nuevas, ¿de verdad todo esto había sido un sueño? ¡Parecía tan real!

La llamada misteriosa – M. G. R.

Cuando lo abrí no me lo creía… todo había sido un sueño.

Me dedico a darle vueltas a la cabeza y no consigo dormirme son las 03:15 de la mañana, dirijo la mirada hacia la ventana. En esta veo las gotas de agua deslizarse por ella en una noche cerrada. Había comenzado a llover.

Hace mucho viento las persianas tambalean con fuerza chocando contra el cristal de la ventana y, a lo lejos, se escuchan truenos. Podría tratarse de una noche de invierno cualquiera, pero no lo es, sé que no lo es.

Va pasando la noche. ya son las 04:00 y la tormenta se mantiene. Casi me atrevería a decir que es como si la tuviera encima de mi casa, es como una especie de tormenta particular que solo es dirigida a hacia mí. Pensareis que estoy loca, puede ser. Me decido por levantarme de un impulso me siento en la cama, una parte de mí dice que me quede tumbada y la otra que me levante. Me decido por la segunda, presiono el interruptor de la luz… pero no funciona. La tormenta debió cortar el suministro eléctrico. Ayudado por la intensa luz que propagan los relámpagos, me dispongo a bajar las escaleras hacia la cocina para hacerme una infusión e intentar aliviar el malestar que tengo.

Una vez que ya me he terminado de beber la infusión escucho llamar a la puerta. ¿Quién podría ser a estas horas y en una noche como esta? Estupefacta por la situación, me dirijo hacia la puerta para ver de quién se trata a estas horas de la noche. Miro por la mirilla y no hay nadie. Para asegurarme abro la puerta… y efectivamente no había nadie; miro a mi alrededor pero no veo más que contenedores tirados y árboles intentando que el viento no se los lleve. No hay rastro de quien pudo ser.

Entro de nuevo a la casa y cierro la puerta con todos los pestillos que tiene. Respiro profundo y decido volver a mi habitación pero… ¡¿Cómo es posible!? ¡Hay una carta en el suelo de la entrada! Nerviosa y confusa cojo una velas para poder leer la carta, me siento en la mesa, entre inquietantes movimientos y me dispongo leerla:

Hola, Elena:

Sé lo confusa que estás en esta extraña noche. Estás en lo cierto al pensar que no es una noche cualquiera, tu sensación está justificada, hoy es la noche en la que tienes que afrontar tu destino.

Pronto todo habrá acabado… Pronto sabrás el porqué de tu inquietud.

Nos vemos al alba

E.S

Desencajada dejo caer la carta encima de la mesa, todo lo que había escrito en esa carta , ¡Era una locura!, no entendía nada ¿Cómo podía saber cómo me sentía? ¿Me observaba alguien? Lo más llamativo de la carta es que la letra la reconocía perfectamente -¡como para no reconocerla!- era completamente igual que la mía. No creía lo que estaba pasando en ese momento; Ya eran las 05.00 a.m , quedaban poco más de dos horas para el amanecer y seguía paralizada por el miedo. La tormenta disminuía, los truenos sonaban cada vez más, pero la luz seguía sin volver y la aterradora carta seguía paralizándome.

Reacciono. Son las 05:15, al fin reacciono. Me levanto de la silla me dirijo al teléfono y dispongo a marcar el número de mi hermano, que hoy tenía turno de noche en el hospital – es psicólogo y se encarga a apoyar a los pacientes que tienen tratamientos para el cáncer– y seguro que está disponible.

Al tercer tono mi hermano atiende a mi llamada:

-¿Diga?- pregunta mi hermano

-Daniel, tengo que contarte algo que no vas a creer -respondo tartamudeando

-¿Perdona, le conozco? ¿Quién eres?

-¿No me reconoces ? Soy tu hermana

-Creo que se confunde señora, yo no tengo hermanos –responde él de forma cortante- habrá marcado mal en número

-Daniel…-digo con tono vacilante- no estoy para bromas estoy en un aprieto

-Discúlpeme, pero tengo un paciente esperando y si esto es una broma no tiene gracia. Tampoco sé cómo sabes cómo me llamo y como tienes mi número insisto que lo deje-dice nervioso- debo colgar.

No me lo puedo creer, esto es un sueño -me pellizco-, pero el dolor es real, pero… ¿qué es todo esto? ¿será una broma de mal gusto de mi hermano?

Ya histérica decido coger mi arma del salón -una pistola que me regaló mi padre antes de irme a vivir sola por si pasaba algo- fui al garaje a coger el coche e irme de casa, donde me sentía observada.

Apresurada me dirijo al coche, entonces me caigo por falta de visión por las escaleras –tonta de mí por no haber cogido una vela-. Estoy confusa, me sangra la frente del golpe, intento levantarme pero no puedo, me dejo llevar y cierro los ojos; la luz del sol me da en la cara y me despierto, miro el reloj y son las 07:00. Me levanto con ayuda del pomo y me dirijo a la cocina a por la carta; la vuelvo a leer y las iniciales coinciden con mi nombre Elena Sánchez ¿La habré escrito yo? Me dirijo a mi cuarto, ya que he escuchado un ruido, pero no hay nada, sigo escuchando el ruido y viene del trastero, no soy capaz de describir lo que escucho; subo y abro la puerta sin pensarlo y no hay nada, solo trastos viejos tirados. El sol entra por la ventana y choca contra el espejo de mi madre que me dio antes de morir y delante hay otra carta. La leo y me llaman la atención esas palabras: ”HA llegado el momento de afrontar tu destino, no debes temer, te he prometido que nos veríamos en los primeros rayos del día y por fin entenderás todo, alza la mirada hacia el espejo”. Cierro los ojos, respiro profundamente, mi madre me está llamando y alzo la mirada al espejo. Ahí estoy yo apuntándome con una pistola en el espejo y con la mirada firme y fija -¡¡BOOMM!!-suena el arma. Me caigo al suelo, me desvanezco y me dejo ir. Esta vez para no volver más.

Vivir para sufrir – A. M. B.

Cuando lo abrí, había varias fotos de ella. Era raro pero parecía como si en todas las fotos me mirara fijamente y me culpara de su muerte con solo una mirada. Subí las escaleras y salí de aquel oscuro y polvoriento desván, no podía dejar de pensar en lo que sucedió aquel día. Sí, todos la echábamos de menos pero yo no podía dejar de pensar en que si no hubiera sido por mí, ella seguiría viva. Intenté buscar una solución lógica a lo que sucedió justo antes de que ella fuera asesinada con tres balas en el pecho.

Me desperté en aquella habitación poco iluminada, solo había una bombilla que colgaba de un cable y a la vez sostenía aquel techo que parecía que se iba a caer con solo mirarlo, solo había un colchón en el suelo pegado a la pared y una puerta de madera oscura. Se escuchaban voces estaban hablando de mí, era la tercera vez que me escapaba de aquel lugar. Era un centro de acogida de niños huérfanos. En esos sitios parece que todos los niños son iguales que no tienen ni familia, ni futuro, ni una vida, pero lo mío era diferente yo tenía a mi hermana mayor, María.

Yo soy Elisabeth Martín y esta es la historia de cómo conseguí una nueva familia y de cómo perdí a mi única familia de sangre.

Todo empezó cuando mis padres fallecieron en un accidente de avión cuando volvían de un viaje romántico por el Caribe. El avión empezó a fallar desde el principio del vuelo y debido a que estaban en medio del mar no pudieron aterrizar en ningún lugar y empezó a descender descontroladamente hasta que alcanzó el océano. Yo era muy pequeña, tan solo tenía 10 años y mi hermana tenía 17, nos separaron y nos enviaron a centros de acogida diferentes. Como mi hermana le quedaban dos meses para ser mayor de edad no le obligaron a irse con una familia de acogida, pero yo pasé por muchos reformatorios y no pude encontrar mi sitio en este mundo.

Tras 8 años de sufrimiento, echando de menos a mis padres y mi hermana, me dieron la feliz noticia de que podría seguir mi propia vida y formar mi familia, me dieron un apartamento en la calle Alcalá, una de las calles más importantes de Madrid. Me sorprendió el paradero de aquel moderno pero pequeño piso de un solo dormitorio pero era suficiente para mí.

Quería volver a verla, quería volver a ver a mi querida hermana y me puse a indagar sobre su vida. No había perdido el tiempo y se había convertido en una de las mejores abogadas de este país, pero en los últimos años se le había visto metida en negocios turbios y a causa de ello había perdido a su familia y su reputación. Quería volver a verla y fui a su apartamento, aquel lugar daba mal rollo. No me gustaba ese ambiente pero conseguí llegar a su puerta y toque al timbre, mi reacción no fue otra que darle un abrazo de casi un minuto. Me invitó a pasar y nos tomamos un café. Me estuvo contando que su vida se había visto destruida por un acontecimiento.

Me había contado que un cliente le había llamado preocupado y le ofreció altas cantidades de dinero por sus servicios pero no precisamente de abogada. Antes de abogada ella había sido informática de una empresa de hackers profesionales. Esa vida no le llenaba y decidió dejarla. Pero esta persona quería sus servicios como hacker, así que ella decidió aceptar, se daría cuenta más tarde de que había puesto su vida en peligro de muerte debido a que los problemas de este cliente estaban relacionados con la mafia y el trabajo que tenía que hacer era hackear el ordenador de uno de los cerebros de una banda y borrar del disco duro cualquier rastro de presencia de su cliente. Pero le pillaron y le juraron que le hundirían la vida y así lo hizo.

-No quiero que te preocupes -me dijo angustiada-. Llevo viviendo así años, pero me da miedo de que si se enteran de que tengo una hermana no durarán en ir a por ti, María.

-No me da miedo lo que me puedan quitar, me da más miedo que me vuelvan a separar de ti -afirmé.

– ¡No puedo permitir que nos volvamos a ver!, ¡no me perdonaría que te pasara algo por mi culpa!

– ¡Si de verdad no tuvieras nada que perder irías a por esa mafia y la desmontarías!- le dije de forma violenta.

– ¿Cómo me voy a arriesgar a que me maten o peor como me voy a arriesgar a que te maten?- Me preguntó.

-No soy yo por la que te deberías preocupar – me levanté y cerré la puerta de un portazo-.

Llegué a mi casa me puse el pijama y me metí en la cama. Me puse a pensar en lo sucedido y me di cuenta de que me había portado bastante mal, cerré los ojos y conseguí dormir.

Al día siguiente me dirigí a su casa para pedir perdón. Llamé a la puerta:

-María, abre soy yo – le grité tras estar un rato llamándola-.

Al ver que no responde decido tirar la puerta abajo y…

…no podía creer lo que estaba viendo. Mi hermana tenía tres disparos en el pecho. Nada más verla descubrí quién era el asesino.

Llamé a la policía que no tardó en llegar. En unos cinco minutos oí las sirenas de los coches policía y, corriendo desesperada, me tiré a los brazos del primer policía que se bajó de aquel coche. Desesperada le señalé la puerta de la casa de María y al cabo de una hora me encontré sentada en un sillón de la sala de interrogatorios de la comisaría de policía.

-Antes de empezar me gustaría darle el pésame por el fallecimiento de su hermana. También me gustaría comentarle que el asesino de su hermana ya ha sido detenido.  Hay una huellas que coinciden con las de la escena del crimen. El asesino de su hermana es…-antes de que pudiera terminar la frase convencida le corté,

-El asesino de mi hermana es Dmitry Volkov uno de los integrantes de una de las mafias más peligrosas de Rusiav- afirmé.

-¿Cómo lo sabe?- Me preguntó el comisario.

-Porque mi hermana me habló de ese hombre – respondí-.

Él era el hombre que le había pedido a mi hermana que le borrara de aquella mafia, él era el autor de más de veinte asesinatos y varios atentados en su país.

-Indagué en esa mafia y me dí cuenta de que el hombre más buscado era Dmitry y supe que era él.

-Está bien aunque no sé si sabrá por qué la han matado.

-¿Por qué?

-Ella había intentado denunciar a aquella mafia. Dmitry se dio cuenta y no tuvo más que coger una pistola y matarla.

En ese momento me di cuenta de que por mi culpa la habían matado y que había perdido a mi única familia.

El comisario viendo que no estaba en condiciones de seguir con mi vida me volvió a enviar con otra familia de acogida. Pero esta vez no eran desconocidos. Por alguna razón tenía unos tíos por parte de mi madre que estaban dispuestos a acogerme. Después de mucho tiempo, conseguí tener una familia y estaba muy feliz.

Esta es la historia de cómo encontré una familia gracias a que perdí a mi otra familia.

El Atraco – L. D. B.

Cuando lo abrí y vi a aquella mujer no me había dado cuenta hasta ese momento de lo difícil que era mi profesión. Ahora tenia que investigar aquel crimen. Yo soy forense investigadora de cuerpos suicidas e investigo el motivo por el que habian muerto algunas personas: cuándo, dónde y por qué. Todo en mi trabajo siempre era distinto y cada vez ocurrían casos más curiosos. Aquello me apasionaba.

Un dia como otro cualquiera, una banda de atracadores actuó en la comisaria. Aquello era horrible, todos estábamos callados… hasta que se oyó un disparo en la planta baja. De repente, todo el mundo se puso nervioso, porque no se sabía a quién le habian disparado. Todo aquello era un misterio. De repente, el jefe de los criminales se llevó al capitán, todo era muy extraño. Llevaban unos pasamontañas que le tapaban el rostro e iban vestidos de negro. Yo estaba muy atenta a lo que decian por si escuchaba algún nombre, pero no escuché nada ya que utilizaban un código propio para no descubrirse.

Pasaron unas horas y ya habian conseguido lo que querian informacion sobre una persona. No me dijieron cual , y se fueron. Como ya sabian informacion sobre la comiseria dijieron que si se lo deciamos o dabamos orden de búsca y catura nos matarían. No llamamos a nadie .Pasarón unos dias y el capitan no habia vuelto a comisaria lo que era bastante raro ya que el capitan iba todos los dias al trabajo. Llamé a su familia tampoco sabia nada de él ya que no habia aparecido en dos dias ,todos parecían cambiados desde entonces ,todo era muy raro.

Una semana después el capitán apareció, pero había sufrido agresiones y se encontraba en mal estado. “Se pondrá bien”, me dijieron, aunque no lo creí. El nuevo capitán se ponia muy nervioso a la hora de hablar del tema del atraco en la comisaría, no le gustaba que hablásemos de ello. Me extrañó bastante e investigué un poco sobre él, y todo parecía correcto pero encontré una parte oscura que no me imaginaba. En su pasado había sido un ladrón. Había cometido delitos menores, por eso no le di mayor importancia, ya que ahora era el capitán de la comisaría. Su voz me resultaba familiar…

Era la voz de uno de los atracadores. Ahora todo tenía sentido, ya sabía qué tenía que hacer: investigar para acusarle del atraco en la comisaría.

La mañana siguiente nos hicimos amigos y empezó a contarme cosas. Me dijo que le había caído muy bien y quiso invitarme a su casa. Yo acepté, ya que así podría saber más de él y tener más pistas. En su casa había un plano de la comisaría y armas, aunque no pude ver el pasamontañas. Eso hubiera sido un gran paso. Aunque ya sabía dónde vivía y podría revisar los vídeos de seguridad de la calle para comprobar si había salido de su casa el día del atraco de datos en la comisaría.

El mismo día del atraco salió media hora antes, justo el tiempo que se tarda en llegar desde su barrio a la comisaría. Además, iba de negro, igual que en el atraco. ¿Casualidad?, no lo creo. Con eso era suficiente para acusarlo del atraco de datos. Así lo hice, le demandé con todas las pruebas y fue arrestado.

Así fue como me convertí en capitana… Una historia que nunca olvidaré.