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El viaje de mis sueños – L.G.N.

Cuando lo levanté lo tuve claro, el fresco aroma a café recién molido, la suave brisa que azotaba mis mejillas, todo indicaba a uno de los deliciosos desayunos mañaneros preparados por mi madre.

Me levanté de la cama, me vestí rápidamente y me planté en la cocina dispuesta a degustar su elaboración cuando, debajo del vaso del zumo, regalo de mi padre en su viaje a Italia, hallé un sobre, decorado con las típicas rayas blancas, rojas y azules, donde ponía en grande: Evelyn Lasinsky.

Instantáneamente interrogué a mi hermano Michael:
―Eh, panoli, ¿qué pasa contigo? ¿Otra de tus bromitas?
―No cariño, tu padre te ha enviado algo desde California. Lo ha dejado el cartero esta mañana en el buzón y pensé que no había mejor forma de recibirlo que en uno de tus momentos preferidos del día ―respondió mi madre.

Me quedé durante varios segundos sin pestañear, sin poder creerme lo que estaba oyendo. Mis padres están divorciados y ella es la que “tira del carro”, como se dice en España.  Mi padre es músico y se tira prácticamente los 365 días del año de gira, por lo que apenas tiene tiempo para nosotros. Cuando por fin logra hacerse un pequeño hueco en su apretada agenda, dedica ese tiempo a mi hermano, que como os podéis imaginar, al ser el pequeño, es el “niño mimado” de la familia. Por esa razón principalmente me extrañó recibir una carta de él.  En su interior, se encontraban cuatro billetes de avión y una carta donde mi queridísimo padre explicaba todo.  Loca de la emoción, conté todo detalladamente a mi madre, pero había una cosa que no me terminaba de encajar….

―¿Cuatro billetes?―lancé la pregunta al aire―En casa somos tres, a no ser que papá quiera que vaya Trisky, la mascota de la vecina de enfrente―bromeé.

Tengo que confesar que actualmente estoy con un chico, de 18 años como yo, pelo castaño y aplastado y de 1,75 metros de estatura más o menos. Mis padres lo saben y creo que hice bien en decírselo porque, de haberse enterado por terceras personas, no creo que hubiéramos terminado bien. El que peor lo lleva es mi padre, como es habitual. No le gusta la idea de que su hija crezca y tenga una persona con quien compartir su vida. Así que me asombró que enviara un billete de más. Leí la carta más detenidamente y, efectivamente, el otro billete era para Friederich. Sorprendentemente, ¡el avión salía a la mañana siguiente!  Llamé a mi novio y le comuniqué lo de nuestro improvisado viaje, que hiciera la maleta rápido y tal, que partíamos dentro de unas horas.

―¡Pero estás loca! ¿Cómo puedes pensar que tu padre me invitaría a ir de viaje contigo? Vaya, ¡ni en el peor de los sueños!―exclamó sobresaltado.
―Tranquilo Frid―apodo por el que suelo llamarle―también ha mandado una carta donde se podía entender claramente que tú eras el afortunado.

Hicimos las maletas en el transcurso de la tarde y, a la mañana siguiente, el ensordecedor sonido del timbre nos despertó. Era Frid, que venía preparado con su extremadamente grande y lujosa maleta.

―¿Dónde vas con eso? ¡Que solo vamos cuatro días! ―solté una carcajada.

Me vestí con el mejor de mis trajes: dorado, con lentejuelas y de largo hasta los tobillos; cerré la maleta y nos dispusimos a abandonar la casa.

Un taxista nos llevó hasta el aeropuerto, donde, a continuación, facturamos nuestras maletas y esperamos en la puerta de embarque. Nos adentramos en el avión y las azafatas nos asignaron los sitios correspondientes, todos juntos. Lógicamente, me senté al lado de Frid, y al otro lado, el insoportable de mi hermano Michael. Nuestras caras de felicidad eran indescriptibles, jamás habíamos salido de Boston. El vuelo avanzaba con normalidad, ningún inconveniente, salvo la gran inteligencia de mi hermano, que había reventado la pantalla del ordenador.  Minutos más tarde, el pánico se apoderó de nosotros. Aparecieron tres hombres encapuchados y con pasamontañas, armados hasta los dientes. En ese momento, agarré fuertemente la mano de Frid y de Michael, mientras todo el mundo gritaba sin parar. Los tres hombres tomaron el control de la cabina, amenazando (y en ocasiones matando) con simples navajas a las azafatas y piloto de la aeronave.

En ese momento, supe que era el fin. Nueva York era la ciudad idónea para finalizar con mi corta pero intensa vida. Llorando, me despedí de mi madre, hermano y novio, sabiendo que no volveríamos a vernos más y siendo conscientes de que no podíamos hacer nada para salvar nuestras vidas.

―Te quiero―dije a Frid.
―Yo más mi vida―contestó, enojado por no poder hacer nada para salvarnos.

Inmediatamente, los cuatro nos abrazamos, desolados en lágrimas. Decidí despedirme de mi padre como se merecía, así que encendí el móvil y tecleé su número. Su teléfono apagado, para variar. De este modo, le envié un mensaje de voz que decía:

―Te adoro papá.

Finalmente, nos estrellamos contra la torre Norte del World Trade Center. El edificio acabó envuelto en llamas y se derrumbó minutos después… Era un 11 de septiembre de 2001.

Al cabo de un rato, escuché una voz que me resultó muy familiar. Era mi madre, quien gritaba:

―¡Vamos Evelyn, despierta! ¡Llegarás tarde a clase!

Sí, todo había sido un horrible sueño.

La carta – C.G.R.

Cuando la levanté lo tuve claro, me llevé la carta a la nariz y la olí, olía a libro viejo, era ese olor que te alegra los días, que te previene de algo que no vas a olvidar, el olor de la experiencia. La desdoblé con cuidado e impaciente por comenzar a leer aquella misteriosa carta me trasladé a aquel 10 de marzo de 1939:

Temblorosa cogí su cabeza y la puse en mi pequeño regazo cuidadosamente. Sollocé el tiempo que la situación me permitía y besé la frente de mi padre.

Tras presenciar aquel suceso sabía que si no escapaba moriría. Todo pasó muy rápido: papá estaba sentado en la mecedora roja leyendo un libro en voz alta para calmar los nervios que rondaban en el ambiente, yo escuchaba atenta la narración sentada en el suelo frente a él, un instante después se encontraba tirado en el suelo rodeado de un charco de sangre y una bala atravesándole la espalda. Yo solo me adentré en lo primero que divisé, el armario, escondida en él, cerré los ojos con fuerza, llorando me acurruqué y recé un padrenuestro pero cuando iba por la mitad de la oración caí en la cuenta de que si Dios no hubiera querido, esto no habría pasado porque, ¿qué había hecho mal mi padre? Él era el hombre más bueno de todos, nos daba galletas a escondidas sin que mi madre se enterase, nos enseñó a leer, siempre nos hacía reír y nos quería mucho a mi mamá y a mis hermanos… desde luego él no se merecía morir por tal tontería como era esta guerra.

Me pareció una eternidad lo que estuve allí escondida e hice oídos sordos a la conversación que tuvieron los que habían matado a mi padre (seguro que habían sido los vecinos, traicioneros y asquerosos… Sí señor) así que no llevaba ni la noción del tiempo ni la situación controlada.

Abrí la puerta muy despacio, el silencio fue sustituido por el desagradable chirrido de la madera. Sentí que algo rozaba mi pierna, me tensé y armada de valor miré hacia abajo para encontrarme al gatito que días atrás mi papá había recogido de la calle: “Mejor que muera por comer demasiado que a manos de los nacionales” había dicho cuando me lo entregó. Lo pegué fuerte contra mi pecho como si de alguna manera pudiera recuperar a mi padre y me apresuré a la puerta trasera de casa. Los condenados habían saqueado la casa.

Decidida, salí de la casa corriendo, el suelo estaba mojado a causa de la lluvia que por suerte había cesado, aunque no veía nada me las arreglé para no toparme con nadie. No respiraba tal aire desde hacía mucho, sano, limpio pero eso sí, lleno de miedo…tal distracción me llevó a chocarme con un portón y a caer al suelo. Reí aunque había dolido, me froté el trasero mientras me reincorporaba, cuando lo hice caminé unos pasos hacia atrás y levanté la cabeza para ver contra qué me había chocado. Ante mí se elevó algo parecido a un teatro deduce que era abandona por la pintura desconchadas y los carteles rotos y mal cuidados. No sabía qué hacer ¿debía entrar? ¿Habría alguien dentro? Suspiré y lancé un grito de desesperación al aire, seguramente fue lo peor que pude haber hecho.

Primero fueron los pasos de los hombres, después el sonido las pistolas seguido de los murmullos y por último, mis lágrimas, una tras otra…

– ¡EH! ¡TÚ, MOZUELA, VEN AQUÍ! – gritó un hombre

Yo estaba inmóvil, tan solo podía pensar en que milagro podía salvarme de esta. Escuché a mis espaldas la puerta abrirse pero yo seguía incapaz de moverme, alguien me tapó la boca y tiró de mí hacia atrás.

Poco pasó después de que, la que era ahora mi compañera de aventuras, me salvara la vida. Tras ese “secuestro” conseguimos despistar a los hombres y nos adentramos en el teatro abandonado. Llevábamos allí mucho tiempo ya, rateábamos un poco de comida y abrigo y nos divertíamos hablando, se había convertido en nuestro día a día aunque eso sí, todavía tenía pesadillas por las noches y ambas nos preguntábamos si ese sería nuestra última risa. Una mañana que comenzó siendo como cualquier otra se me ocurrió ir a investigar un poco y de casualidad encontré un espejo lleno de polvo que conseguí limpiar, lo descoloqué de su sitio y me senté con las piernas cruzadas.

Observé mi reflejo en el cristal, sonreí, no me había percatado pero realmente había cambiado mucho: mi pelo pelirrojo había crecido mucho más y ahora caía enmarañado sobre mi espalda, mis ojos color avellana tenían un brillo que representaba el miedo y la angustia que sentía y mi piel pálida como la nieve tenía un ligero toque sonrojado. De nuevo sonreí y le di gracias a Dios por mi vida, que aún la conservaba…

Un estrépito, un disparo, un grito, ¿qué estaba pasando?

Me levanté y eché a correr hacía donde estaba mi amiga, esta también estaba asustada. La miré pidiendo ayuda y ella me sonrió, me abrazó, era lo que necesitaba.

Nos dirigimos hacia la puerta y nos separamos. No hubo despedida más dura que esa. En ese momento solo deseé un reencuentro.

El baúl de los recuerdos – I.J.

Cuando lo levanté lo tuve claro, ese era el baúl,ese baúl que hacía que mis pensamientos volvieran al pasado,que cada uno de los recuerdos otra vez cobraran vida en mi mente. Lo abrí y miré entre las cosas que había y ví esa foto que tanto nos gustaba a los dos. Que cuando nos la hicimos,nos pusimos los dos de foto de perfil en Facebook. De repente sentí como si todo se desvaneciera, como si mi vida no tuviera sentido. Una lágrima cayó, y ya sabía que esa lágrima sería la responsable de un llanto, de un llanto causado por un desamor.

Me di cuenta que las heridas no sanan con el tiempo, sino que se hacen más profundas. Puse en una balanza los momentos malos y buenos, y para mi sorpresa salí sonriendo pero a la misma vez sentí lágrimas cayendo. Me di cuenta de que yo nunca podría odiarlo, que aunque nos hicieramos tanto daño aun nos quedaban las cenizas y memorias imborrables de un fuego que se apagó. Y me dije a mi misma: “Así es el desamor”. Intente de darme ánimos, pero era inutil al pensar que yo misma podría hacerlo.

Entonces en ese momento pensé en Nerea, en los consejos y ánimos que me daba cada vez que la llamaba diciéndole que estaba mal, que no podía olvidarlo,que todavía seguía aferrado en mis pensamientos. Decidí llamarla, me levanté, cogí mi móvil y busqué su número en las últimas llamadas. Un toque, dos toques, tres toques… No lo cogía ¿Estaría ocupada? ¿O no quedría hablar conmigo? Fuera lo que fuera necesitaba hablar con ella. Ella era la única que me comprendía y sabía darme ánimos como nadie más lo hacía.

Intente llamarla otra vez y esta vez lo cogió de inmediato.

-Dime Laura, siento no haberlo cogido antes pero estaba en la ducha. ¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? -dijo Nerea un poco nerviosa.

Tardé unos segundos en contestar.

-¿Por qué me mientes? ¿Por qué siempres me dices que yo valgo muchísimo más que él y que él no merece mis lágrimas? ¿Porqué? ¿Porqué lo haces? ¿No te das cuenta de que no valgo nada? Soy lo peor. No soy capaz de sacármelo de la cabeza,él lo era todo para mí, era mí vida y ahora que no está es como si mi vida se hubiese ido.-Le dije deprimida y llorando.

-Venga, Laura,no te rindas ahora. No puedo verte así, diciendo que no vales nada. Yo siempre he creído en ti. Cuando te conocí dijiste que eras de esas que luchaban hasta el final por conseguir sus metas. Ya sé que has cambiado, el tiempo hace eso con las personas que sufren. Y que esta meta es más alta que nunca. Pero en el fondo sé que esa idea sigue en ti,y necesitas encontrarla. Lucha pequeña, lucha. No te creas a esos que retuitean “como tu no hay dos, hay dos millones”. Sabes de sobra que es mentira, que sólo es una excusa para no sentirse tan perdedores. Sigue luchando,yo sé que tu puedes. Que la dificultad te haga más bonita la escalada. Pelea por tus sueños, que si necesitas un empujón yo te lo doy. Pero por favor,no vuelvas a decirme que eres lo peor, que no eres capaz, no vuelvas a decirme que hoy lo dejas. Porque no te dejo.

Colgué, me quedé sin palabras al escuchar lo que me dijo, en un momento pensé que era inútil todo lo que me había dicho, pero me paré a pensar unos minutos y me dije: “Laura sé que lo echas de menos, pero no puedes comportarte así,como una niña pequeña cuando no tiene lo que quiere. Tienes que intentar no estar así, es lo mejor. Piensa que en algún lugar del mundo alguien esta como tú, y es porque no te encuentra, porque no encuentra a su verdadero amor. Y aunque aun no sea ese día,tarde o temprano llegará. Solo estoy segura de una cosa,que Carlos no era esa persona. Y si lo erá,el destino lo traerá de nuevo a tu vida”.

En ese instante fuí a la mesa donde estaba el baúl, lo cerré y me dije: “No me rendiré, por que eso es de perdedores, pero si algun día vuelvo a coincidir con él, que pase lo que tenga que pasar”.

Sin título – P.L.V.

Cuando lo levanté, lo tuve claro. Aquel era el retrato de Cus D’Amato (entrenador de Floyd Patterson y Mike Tyson entre otros), ese retrato tan sucio y estropeado estaba dentro de uno de los cofres de madera oscura donde mi abuela guardaba las fotografías más importantes que obtuvo en su larga vida. Ella siempre me decía: “Una foto es el resumen de una experiencia vivida”. Pues sí que ha vivido experiencias, tenía cuatro baúles llenos de cosas que conseguía en todos tus largos viajes por todo el mudo.

Ese retrato era muy especial por qué había sido firmado por la WPBF en la que mi abuelo participo.

La Federación Mundial de Boxeo Profesional le dio una beca a mi abuelo cuando tenía 12 años. Decían: “Este muchacho tiene un don especial para el boxeo”. Aceptó la beca y tuvo que abandonar su pueblo para poder cumplir su sueño. Ese sueño no duró mucho: a los 3 años de llegar, le tuvieron que amputar el brazo izquierdo por un accidente de tráfico en el que fallecieron cuarenta y cinco personas que viajaban en autobús y su madre. Eso fue un golpe tremendo para el joven prometedor quien no volvió a pelear más.

Guardé la foto en el bolsillo derecho y salí lo más rápido posible de la casa, corrí hasta poder ponerme a salvo de los muertos vivientes. “Aquí sobrevive el más rápido”. Entré en un supermercado cuyas paredes estaban agujereadas por balas, cogí todas las cosas para hacer un fuego, alimentarme, hidratarme y poder protegerme hasta que amaneciese. Agarré todas las cosas como pude y me dirigí a un lugar donde pudiese crear el campamento.

Esa noche no pude dormir bien a pesar de estar protegido, miraba al cielo y pensaba en toda la gente que había perdido. Sabía lo que hacia: “Si te quedas apartado, arriesgas tu vida, incluso si bebes agua, arriesgas tu vida, y ahora si respiras, arriesgas tu vida”, por eso siempre tenia el máximo cuidado posible y evitaba los lugares cerrados. Siempre iba armado y muy atento.
Sabía que de un momento a otro todo se podía ir al traste, todo por lo qué luchaba día a día podía perderlo.

El día que me quede solo no podía creerlo, no sabia como reaccionar, me ponía a pensar y siempre llegaba a la misma conclusión: “No puedes pensar para siempre… tarde o temprano te deberás mover”.

Antes de que todo empezase, no me daba cuenta de muchas cosas, pero ahora sé que tengo que moverme para conseguir cosas. “Si hay algo seguro en esta vida, si la historia nos ha enseñado algo, es que se puede matar a cualquiera’’. Siempre estoy y estaré dispuesto a dar caza a aquel que quiera hacerme daño.

La venganza – J.C.G.

Cuando lo levanté lo tuve claro, el cuchillo así chorreando, otra vez había vuelto a las andadas.

Como antaño mi mente no recordaba nada, estaba muy cansado y lleno de sangre; no podía volver al loquero, tenía que huir de aquel matadero, pero primero tenía que descubrir donde estaba y como era de noche, no se veía nada desde la ventana y lo primero que se me ocurrió fue coger el móvil  pero no sabía dónde estaba, así que curioseé por la casa para buscarlo o alguna pista que me dijera donde me encontraba; tenía dos plantas, decidí en primer lugar investigar la superior y tras un rato deambulando por allí no encontraba mi teléfono, pero vi un armario lleno de ropa y dije –voy a cambiarme, no pueden verme así.

Mi cansancio se multiplicaba por segundos y mientras estaba bajando las escaleras para seguir con la inspección de la planta baja de la casa, se me estaban cerrando los ojos poco a poco y me desmayé; me desperté a la mañana siguiente debajo de las escaleras, me incorporé y miré por la ventana, ya que la noche anterior no se veía nada por culpa de la oscuridad, y observando el paisaje desértico que me rodeaba, vi mi móvil tirado a unos metros de la puerta de la casa; también se podía apreciar cómo se acercaba una tormenta de arena a una gran velocidad así que fui a recogerlo lo más rápido que pude, mi adrenalina estaba a cien, la tormenta estaba cada vez más cerca; cogí el teléfono y corrí lo más rápido que pude al interior de la casa, y en el instante en el que cerré la puerta se escuchó un fuerte estruendo: el impacto de la arena en toda la casa; notaba como mi corazón me iba a explotar; antes de mirar el teléfono respiré profundamente para tranquilizarme; lo encendí y… ¡No recordaba el patrón!, y si pulsaba todos los botones a la vez se encendería, pero se resetearía, y la información que pudiera almacenar la perdería; pero si lo reseteaba podría acceder al móvil y podría llamar a la policía, aunque existía la posibilidad de que no hubiera señal; tras un rato pensando qué hacer decidí resetearlo y tras unos minutos estuvo disponible, lo desbloqueé y lo primero que hice fue que mirar si tenía señal y… ¡No tenía!, sin embargo me alegré puesto que si llamaba a la policía me detendrían.

Me dispuse a investigar la planta baja de la casa mientras la tormenta de arena seguía su curso, pero escuché un coche a lo lejos, lo cual me daba a entender que se aproximaba, ya que no había nada en aquel lugar, así que cogí un cuchillo, me escondí y esperé a ver qué pasaba; y efectivamente el coche paró muy cerca de la casa, supongo que la persona que conducía lo hizo para que la tormenta le afectara lo menos posible.

Abrió la puerta con una llave de la casa, por lo que seguramente sería familiar de las personas  que vivían allí. Vi una mujer, esperé a que cerrara la puerta, pegué un brinco y le di una tajada en el cuello; ésta no paraba de echar sangre por todos lados ¡le di otra cuchillada y otra y otra, hasta que se quedó tendida en el suelo sin dar señal de vida! Me vine abajo, me puse a llorar no sabía qué hacer, estaba perdido, pero sabía que si seguía llorando no iba a solucionar nada, chequeé los bolsillos de la mujer, tenía una cartera con tarjetas, fotos de las personas de la casa, pero no tenía ni un duro, también tenía un móvil, lo encendí y no tenía patrón, no tenía nada más. Antes de seguir curioseando el móvil, decidí  esconder todos los cuerpos juntos, cogí a la mujer y la llevé donde los demás y al verlos a todos juntos me dio un escalofrío. No le di importancia. Volví donde había dejado el móvil y me senté enfrente de él a pensar que podía hacer y tras un rato pensando me acordé del coche, así que volví donde había dejado a los habitantes de la casa, para volver a cachear a la mujer en busca de sus llaves, pero al llegar… ¡No había nadie! Me puse muy nervioso no podía respirar sentía como si me estuviesen ahogando, parpadeé y ya no me pasaba nada; tenía mucho miedo, así que fui corriendo a por el móvil; ya no estaba, fui a la planta baja de la casa, la cual no la había investigado aún, me asomé y no había luz, no quería entrar pero escuche madera crujiendo del techo, bajé las escaleras sin pensármelo y en cuanto me alejé de la puerta, se cerró sola, me caí del susto, había algo que me impedía moverme. Escuchaba risas de muchas personas a la vez, de repente se hizo el silencio, se escuchaban pasos que venían hacia mí y cuando parecía que estaban al lado mía, se encendió una luz muy tenue y no había nadie; estaba traumatizado nada volvería a ser igual. Me estaba acordando de todas las personas que había hecho desaparecer a lo largo de mi vida, y me dije: –No puedo seguir viviendo con esta culpa sobre mí.

Me senté en una silla que había por allí. Aquello estaba lleno de trastos. Había cuerdas, “creo que la cogeré”… Empecé a acordarme de algunas personas las cuales no reconocí en el momento, pero al poco tiempo me di cuenta de quienes eran: mi mujer y mi hijo. Esto me dio fuerzas para no cometer una locura y mientras intentaba borrar de mi mente los malos pensamientos, se apagó la luz. Otra vez  las risas, y otra vez los pasos  hacia mí; se volvieron a parar al lado de mí. Una voz muy débil dijo algo que no logré entender, la voz repitió lo mismo varias veces hasta que se hizo el silencio, estaba muy asustado, y de repente escuché un grito: “¡TENDRÍAS QUE HABERTE ACORDADO ANTES DE ATARTE LA CUERDA AL CUELLO!”.

La silla salió volando y la cuerda me ahogó hasta la muerte.

En la piel de los otros – C.R.C.

Cuando lo levanté lo tuve claro, aquel tablón de madera del sótano era muy sospechoso, siempre había dudado de él desde que nos mudamos pero nunca me había atrevido a levantarlo. Hace 3 días empecé a investigar por la casa y no había mejor sitio para investigar que por el sótano, ¡Era el sitio perfecto! No tenía ni la menor idea de lo que me podía encontrar allí, me comía la intriga de saber si podría encontrar un juego mágico como en la película de jumanji o el caso de haber muebles antiguos con un valor que yo mismo no podría imaginar.

Subí al sótano, miré y miré pero se podía decir que no había nada con gran importancia, había muebles y más muebles recubiertos de polvo, pero de repente me acuerdo de aquella madera sospechosa que vi la primera vez que subí. Tan orgulloso de mi, me acerqué a la madera y segundos antes de levantarla se oye un crujido, ¿Qué típico no?, me entró un escalofrío por las piernas y en ese momento se me vinieron muchas cosas a la mente, la mayoría tan estúpidas como: ¿Y si hay un asesino aquí? ¿Será un fantasma que se está vengando por haber entrado en su sótano? A lo mejor le he despertado de su siesta. Me relajé y pensé en lo que me dijo un  día mi madre: “Si algún día estas solo y sientes miedo, el mejor remedio es cantar, te hará estar seguro de ti mismo”. Y eso hice, empecé a cantar todas mis canciones favoritas entre ellas  estaba ‘Pequeña gran revolución’. Cuando ya vi que estaba relajado, levanté la madera.

Debajo de la madera había un hueco con un libro muy bonito dentro, cuando vi que lo que había ahí era un libro me quedé bastante decepcionado, para qué quería yo ese libro. Lo guardé en una caja de cartón que hay en mi cuarto y no volví a leerlo hasta que ayer. Ayer me aburría demasiado, me aburría con el ordenador, con la tablet, con el móvil… ¡Llegué a pensar que cada minuto era una hora¡ Así que la única solución era dormir, me fui a mi cuarto, me tumbé en la cama y me puse a mirar el techo; en uno de esos movimientos que hice para tumbarme mis ojos miraron hacia la caja en la cual tenía el libro que encontré ayer. Me pensé dos veces si quería cogerlo o no debido a la pereza que me daba levantarme (algo normal en mi). Finalmente me levanté y cogí el libro de la caja de cartón. Mi primera impresión del libro era la cantidad de polvo que podría tener el libro encima, cogí un trapo húmedo y le limpié todo el polvo. Me quedé fascinada cuando me di cuenta de lo bonito que era el libro, tenía un tacto de cuero extraño, era de cuero con dibujos tallados sobre él. Procedí a abrirlo para saber sobre que va el libro ya que por fuera no tenía ningún título ni nada escrito, hasta que lo abrí y me di cuenta de que no era un libro cualquiera si no un diario de una persona que vivió en esta casa. Toda mi tarde y se basó en ese diario en el cual una niña llamada Clara explicaba sus días, lo que más me pudo sorprender de ella era que lo escribía todo, no se le olvidaba detalle.

En el diario, más o menos por la mitad, Clara empieza a contar la mala situación de sus padres, un día despiden a su padre del trabajo, otro día despiden a su madre y empiezan a tener dificultad para vivir. Clara no va al colegio en el que estaba antes ya que sus padres necesitaban que ella ayude en casa mientras que sus padres mendigaban por la calle, en el diario ella cuenta que se siente sola, no puede salir con sus amigos ya que apenas tiene ropa para vestirse ni zapatos que ponerse, ella se apañaba con un par de calcetines con los que anda  por la casa. Tenían la suerte de que su abuela, su única abuela, le paga la luz y  el agua para poder vivir. Pero aún así ellos siempre seguían diciendo: “Nos tenemos los unos a los otros y tenemos la suerte de estar juntos” .

En ese momento aparto la vista del diario, mis  ojos empiezan a llenarse de lágrimas  y empiezo a pensar en todas las cosas que tenemos, Clara no necesitaba un ordenador o una tablet para divertirse y yo estoy todos los días pidiéndole a mi madre un iPone por capricho cuando Clara esta todos los días sola en su casa rezando para que cuando sus padres entren por la puerta traigan un paquete de arroz para comer un día más.

En ese momento empecé a llorar sin parar, mi madre muy preocupada vino corriendo hacia mí  y me preguntó qué me ocurría. Y sin pensármelo dos veces le respondí: “Mamá pase lo que pase, siempre juntas”.

Y directamente mi madre moviendo la cabeza me abrazó, esa simple palabra que siempre nos cuesta decir salió de mi boca: “Te quiero”

Muffins para los señores – V. F. S.

Cuando lo levanté lo tuve claro… teníamos sesenta muffins repartidos en dos bandejas, una para la pequeña Marta (la hija de los señores) y otra para mi (la institutriz).
El motivo de los muffins era: en mi caso,  pedir perdón por lo que el otro día se me cayó, en el jardín, sin querer, y Marta era de peloteo.
Todo estaba perfecto, pero sólo había un problema: el tío de Marta, Pedro. Era un hombre alto como un pino, pero delgado como un fideo. Tenía unos ojos pequeños y una nariz enorme, era como un semicírculo (¿conocéis la nariz de Cyrano?, pues peor). Era un hombre de piel blanca, siempre llevaba bombín y traje y además era muy raro.
El caso es que Pedro comía como si fuese un pozo sin fondo, como si su estómago tuviese un agujero…
Teníamos que evitarlo si no queríamos llegar al salón principal (lugar donde se encontraban los padres de Marta) sin ningún muffin. Entonces le dije a Marta en voz baja:
– Tenemos que idear un plan para no encontrarnos con tu tío- dije susurrándole al oído.
– Vale, pero tiene que ser bueno, si no queremos entregarles unas bandejas vacías a mis padres- dijo Marta un poco preocupada.
– Hagamos una cosa, yo iré por los pasillos y tú por el jardín. Si nos dividimos no creo que nos coja -añadí. Está bien, a la de tres: una…dos… ¡TRES!
Salimos corriendo cada uno por su lado, pero claro, no habíamos pensado que: primero, que el olor de los muffins atrajo a Pedro y segundo que seguramente vendría a por mí, la que menos corre de las dos.
Corrí lo más que pude (con una bandeja en la mano no es fácil) y cuando me quise dar cuenta Pedro me estaba persiguiendo como un perro a un hueso. Me persiguió hasta una sala donde yo no quería entrar, donde un paso en falso podía generar una catástrofe: el cuarto de los cristales. Era un cuarto donde la mamá de Marta, la señora Dolores, coleccionaba todo tipo de objetos de cristal. El motivo por el que no quería entrar era por mi poquísima coordinación entre manos y piernas, y si encima le sumamos una gran bandeja de muffins pues…
Entré en la sala y con mucho cuidado pasé por el estrecho pasillo que había entre una estantería y otra. Cuando vi a Pedro  le di unos cuantos muffins con la condición de que me dejase en paz (con lo cual ya sólo me quedaban cuarenta y cinco muffins).
-Menos mal- pensé, pero cuando me volví, le di con la bandeja a una figurita de un perrito, que se cayó al suelo y a su vez arañó a otra figura.
-¡Oh no!- dejé la bandeja en una mesita que había un poco más adelante. Cogí con mucho cuidado la figura (la que todavía estaba “viva”), miré a Pedro con cara de cachorrito degollado:
-No te preocupes, la señora tiene muchas- dijo Pedro con una sonrisa.
-Pero se dará cuenta- dije como si fuese una niña chica a punto de llorar.
-Pues dile la verdad- comentó el.
-Tienes razón, además todavía me quedan muffins para suavizar el golpe- miré a la mesa y pensé que tenía que llegar a ese salón como fuese.