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El asesino de los Clapton – A.A.S.G.

Me desperté en aquella habitación, incómodo sobre esa dura silla de hospital. Al lado de la cama se encontraba sentado el detective Michael Poirot (hijo del famoso detective Hércules), en la cama estaba acostada Mrs. Clapton, su clienta. Giré la cabeza y vi a la actriz Montserrat mirándome fijamente con sus grandes ojos azules. De repente Poirot comentó a Mrs. Clapton:

– Ha tenido mucha suerte, el veronal de su copa al parecer no le hizo efecto.

-¿Cómo?

-Le expondré los hechos, madame. En la noche de la muerte de su esposo, usted y su marido el Conde George Clapton fueron al gran banquete mientras que Montserrat y el resto de sus compañeros de trabajo interpretaban la obra que usted misma ha escrito. Con su excusa de estar aquejada de una altísima fiebre consiguió no acudir a la representación, y sin embargo aún acudiendo al banquete, no se dio cuenta de que Tom no estuvo ni a la obra ni al banquete…

-¡Lo que dice no tiene ningún sentido!

-Ese es el caso, madame, al principio para mí todo esto no tenía sentido, ni siquiera la desaparición de su amigo el mayordomo Tom.

-¿Qué? Lo que dice es imposible, ese mayordomo lleva sirviéndome durante más de siete años.

-Y siete años planificando la muerte de su marido o mejor debería decir ex marido, ya que pensaba casarse con él solo para conseguir su fortuna y casarse con Tom.

-Cierto, pero aun así yo no fui, pensaba esperar a su muerte para ejecutar mi gran y meditado plan.

-Pero, ¿por qué actúa así madame?-dije- se está implicando usted misma.

-Mira quien lo dice, el ayudante de detective que en realidad no ayuda.

No se porque en ese instante Poirot no acudió en mi ayuda y me miró como si no le importara.

Mrs. Clapton siguió:

– Además yo actúo como me da… ah… ayuda…

Miré a los lados, vi a todos petrificados y Michael… no estaba. Cuando volvió me dijo: no tiene más de cinco minutos de vida, al parecer alguien ha rasgado su soporte vital, lo que confirma mis sospechas…

-Poirot, usted es como su padre.

-Me lo dicen a menudo bueno, al grano, ve a Scotland Yard y diles que caso resuelto. Culpable: el mayordomo. Yo voy a terminar de explicarle el caso a Mrs. Clapton antes de que… ¿Cómo lo dice?

-De que la palme.

-A si, antes de que… suena un poco raro, ¿no? ¿Cómo lo decía mi padre?

-Creo que decía que antes de que fuese demasiado tarde.

-A eso me gusta más. Le llamaré sobre el caso otro día.

-De acuerdo, adiós.

Al final ese otro día llegó y Poirot se encontraba muy animado con el resultado del caso. La detención del mayordomo fue perfecta, confesó que se casaría con Mrs. Clapton y después la mataría para hacerse con la fortuna familiar, sin ser un sospechoso pero, sin pensar que si se escapaba sería el principal sospechoso, según Poirot gran error el suyo.

Sin título – J.J.L.

Me desperté en aquella habitación, todo estaba muy oscuro y además me dolía todo el cuerpo. Era un dolor intenso en la cabeza y espalda, también tenía varios moratones en las piernas. Pero eso no importaba quería saber qué hacía allí y por qué.

Cuando me acostumbré a la oscuridad solo vi unos cuantos muebles: una cama llena de polvo y vieja que crujía, una mesita de noche sin los cajones y una lámpara rota sobre ella, un armario pequeño y también una ventana. Me asomé por ella, me asombré bastante de lo que había fuera: coches destrozados, casas derruidas y el polvo levantado después de lo que parecía una explosión. También vi a unas personas a lo lejos, pero no estaba seguro por el polvo de la ventana. La levanté y empecé a gritar:

-¡Eh vosotros!- dije. Por favor, ayud…

No me dio tiempo a terminar porque escuche unos pasos en el pasillo. Me dirigí a la puerta y tiré con todas mis fuerzas. Me asomé por ella y no vi nada, solo un montón de puertas iguales.

-¿Habrá sido mi imaginación?-pensé.

No tenía tiempo para pensar en ello, así que salí y me dirigí hacia aquellas personas que vi. Por el camino solo olía podrido y a quemado. También, en el cielo, había unas cuantas aves volar hacía el este

Cuando llegué la peste a podrido era peor porque desgraciadamente las personas que vi eran cuerpos sin sus extremidades y con agujeros en el pecho. Se me revolvió el estómago y me dieron ganas de vomitar.

Inspeccioné los cuerpos. En uno de ellos había un objeto con el que me puse muy triste y empecé a llorar. Era el pañuelo de mi madre. Me vinieron muchos buenos recuerdos a la mente: la vez que fuimos a comprarme aquel juego que tanto quería, cuando estuvimos en el cráter de aquel volcán inactivo desde hacía miles de años, cuando fuimos a la playa y vimos aquella bonita puesta de sol… Pero siempre con ese pañuelo, era su favorito. Me sequé las lagrimas con él y me lo guardé en le bolsillo.

Seguí andando y me pregunté:

-¿Qué hacía allí el pañuelo de mi madre? ¿Y dónde estará?

No la veo desde que me llevarán en tren a un lugar lejos de la guerra. Pero no recuerdo la cara de mi madre.

-¿Cómo es posible que no la recuerde? -me pregunté extrañado

Porque después estuvo lo del…

-¡El golpe! –exclamé. -¡Ahora lo recuerdo!

Y seguí pensando, me acuerdo de que en el tren el ejército alemán nos asaltó y tuve que saltar por la ventana para escapar, pero me dí un golpe y me desmayé y aparecí en aquella habitación. Pero:

-¿Quién me llevo hasta aquella habitación?-me pregunté

En ese mismo momento, escuché pasos y se dirigían hacia mí. Reaccioné con rapidez y me escondí detrás de una viga de un edificio destruido.

Me quedé unos segundos escondidos. Después me asomé y vi a una persona me recordaba a alguien familiar. Pero se estaba yendo, así que rápidamente fui hacia él porque necesitaba

respuestas y me abalancé sobre su espalda, intentó liberarse, pero le cogí con fuerza y en el forcejeo:

-¿Quién eres? -pregunté

Al preguntarle se fijó en mi cara y dejó de intentar liberarse. Así que lo solté, se puso de pie al igual que yo y se quitó el polvo.

-Mi nombre es Marcos, pero vivo aquí en Londres; o mejor dicho, vivía –dijo.

Era un hombre de aspecto alto y delgado, moreno y ojos color café con voz grave y tranquila.

-Mi nombre es…-dije, pero me interrumpió.

-Yo sé quien eres -contestó él. -Eres el hijo de María, tu madre, y al igual que yo vivíais aquí.

-¿Dónde está mi madre? ¿Dónde está? -le pregunté sobresaltado.

-Está en el refugio del metro, con otras personas y tu hermano.

-¿¡Ah, sí!? ¿Dónde está el metro? –exclamé lleno de alegría. -¿Y desde cuándo tengo un hermano? –añadí.

-Debe ser porque te diste un golpe en la cabeza –me dijo. –Debe de ser eso, porque yo te recogí inconsciente y te llevé a la casa donde te despertaste –explicó. –Tapé la entrada de tu habitación para que nadie entrara. Pensé en quedarme en la habitación de al lado para irnos cuando te despertases, pero venían tropas alemanas y tuve que irme; así que hice todo el ruido posible para que me siguiesen.

Mientras me explicaba todo lo sucedido vino una mujer alta con el pelo negro y ojos castaños. Se acercó y dijo:

-¡Tenemos que huir rápido! ¡Vienen aviones y parece que van a bombardearnos de nuevo!

Huimos rápidamente para ir al metro, pero no nos iba a dar tiempo, porque los aviones estaban prácticamente encima de nosotros. Por suerte no nos vieron, así que nos escondimos debajo de un edificio destruido.

Al principio estábamos en silencio, aunque después empezamos a hablar.

-¿Qué hacías tú ahí fuera? –preguntó Marcos.

-Te estaba buscando –explicó la mujer.

-¿Quién es? –pregunté.

-Es mi mujer. Se llama Claudia.

-¿Y otra pregunta, de qué conoces a mi madre?

-Los dos estudiamos magisterio –me contestó.

Después volvimos a quedarnos en silencio. Ahí escondidos en el refugio se nos hizo de noche. La verdad es que tenía bastante sueño.

-Tengo mucho sueño, creo que voy a intentar dormir –dije.

-Creo que va a ser lo mejor –dijo Claudia. –Venga, vamos.

-Sí, yo también estoy cansado –dijo Marcos.

Pasaron horas hasta que pude dormirme, porque era muy difícil dormir sobre un montón de piedras.

A la mañana siguiente nos despertamos con un dolor de espalda muy intenso. Había que aguantarse. Salimos de donde estábamos refugiados. Nos dirigíamos hacia el metro, donde estaban mi madre y mi hermano.

Ninguno de nosotros dijo nada durante el camino. Pienso que de lo que más teníamos ganas era de llegar, pero no pude aguantarme y empecé a hablar.

-Qué extraño que al final no hubieran lanzado las bombas.

-Creo que no las lanzaron porque no vieron a nadie –aclaró Marcos.

-Sí, puede que fuera eso –añadió su mujer.

Volvimos a quedarnos en silencio. Pasaron las horas. Creo que todos nosotros estábamos pensando en cómo iban a reaccionar los refugiados y sobre todo mi madre y mi hermano. Ahora el rostro de mi madre no era del todo borroso, ya recordaba algo. Aunque aún me quedaba una duda por resolver: por qué en ese cuerpo estaba el pañuelo de mi madre.

Pensando en mis cosas legamos al metro. Nos pusimos muy contentos, teníamos muchas ganas de entrar para estar en un lugar seguro y decente.

Cuando bajamos las escaleras nos llevamos una gran decepción. Por las bombas que cayeron los escombros habían taponado la entrada.

-Bueno, da igual –dijo Marcos. –Hay más entradas.

-Menos mal, pensaba que íbamos a tener que escarbar –dije aliviado.

Subimos las escaleras y dimos toda la vuelta al metro en busca de otra entrada. Por el camino oímos algo que no nos gustó nada. Eran soldados patrullando por la ciudad. No estábamos seguros de qué bando eran y qué estaban buscando, así que nos escondimos detrás de unas barricadas. Por desgracia hicimos ruido, así que empezaron a venir hacia nosotros.

-Wer ist da!? –dijo un soldado.

No sabíamos muy bien lo que significaba lo que dijo, pero hicimos una cosa, a la cuenta de tres salíamos corriendo.

-Unos, dos… ¡tres!-gritó Marcos

-ErschieBt!-dijo el comandante

Y empezaron a disparar, al salir corriendo le dieron a Marcos y se quedó extendido en el suelo.

-¡Nooo!-dijo Claudia llorando

-Te…Tenéis que ir… iros-jadeaba Marcos

-¡Vámonos! ¡Vámonos!-dije

Pero Claudia insistía.

-¡Vámonos o acabaremos igual que él-exclamé

Salimos corriendo y vimos como rodeaban a Marcos.

Por el camino intenté animarla pero ella no me hacía el menor caso.

Llegamos a la entrando del metro, me puse muy contento pero Claudia no.

Cuando entramos había mucha gente, me costo un poco encontrar a mi madre, cuando la encontré no sabía que era ella pero ella me reconoció. Nos dimos muchos besos, abrazos y ella lloró un montón pero yo no tanto. Empezamos a hablar de muchas cosas y se fijó en lo que tenía metido en el bolsillo.

-¿De donde has sacado eso? Tu no estabas con tu padre-me dijo

-Lo encontré en un cuerpo descuartizado-dije

Ella se puso a llorar porque eso significaba que a mi padre lo habían matado

Aunque ese solo fue el principio de la guerra, hubo muchas más muertes y bombas caídas por todo el mundo.

La habitación – C.S.P.

Me desperté en aquella habitación fría y tenebrosa iluminada únicamente por una leve luz, procedente de una bombilla. Todo lo veía borroso, no podía recordar nada ni de mí, ni de mi  familia, ni siquiera mi propio nombre. Estaba muy asustada, lo único en lo que podía pensar era como escapar de allí. Empecé a ver más claro y, entonces, me di cuenta que no había ventanas, las paredes eran de cemento; así que no podía oír nada de lo que ocurría fuera de allí. Vi una puerta enfrente mía, intenté abrirla, pero, como suponía, tenía un cerrojo. Todo estaba en silencio lo que me ayudó a pensar en cómo podía escapar de allí. De repente, empecé a escuchar unos pasos cada vez más y más cercanos. Entró un  hombre alto, de pelo oscuro, ojos azules y una cicatriz que le atravesaba el ojo. Yo me quedé mirándole y él también me miró,  pude ver en sus ojos una mezcla de ira, miedo y tristeza; soltó una bandeja con pan  y agua y, tan rápido como vino,  se fue. La verdad es que tenía mucha hambre, así que terminé la comida muy pronto. Seguí planeando cómo escapar de aquel lugar y llegué a la conclusión de que si me había traído comida era porque me necesitaba viva. Así que, tarde o temprano, el hombre de la cicatriz tendría que volver. Mi única opción era que cuando volviese con comida esperaría a que estuviese desprevenido y le daría con la bandeja en la cabeza, dejándolo inconsciente, y salir corriendo de allí. Empezó a entrarme sueño y me dormí profundamente (supongo que algún tipo de droga echaría en el agua).

Comencé a soñar, veía mucha gente ensangrentada y desesperada corriendo hacia un lugar que yo no alcanzaba a ver. Me di cuenta de que soy una de las personas que están corriendo, le estoy dando la mano a un niño pelirrojo y pecoso, ¡no puede ser, es mi hermano pequeño! -pensé angustiada-. Por fin, empecé a recordar, me llamaba Jennifer, mi hermano Michael, mi madre Helen y mi padre Charles. Entonces, me acordé de que había una guerra entre Inglaterra y Alemania; antes de que empezase la guerra, vivíamos en Boston, pero a mi padre le trasladaron  a Paigton por trabajo…

Me desperté llorando, imaginaba la preocupación y el desgarro de mi familia, bastante tenían ya con una guerra. De casualidad, metí la mano en el bolsillo del pantalón y encontré un reloj pequeño de oro, me quedé un poco sorprendida, cerré los ojos a ver si recordaba algo relacionado con ese reloj, entonces vi la cara morena de mi padre junto con la pálida de mi madre  y el reloj en sus manos entregándomelo y diciéndome: ”Jamás lo pierdas, es un reloj que el rey James I, rey de Inglaterra le dio a tu tatarabuelo, debía confiar mucho en él, porque ese reloj valía una fortuna tanto que el rey de Alemania mataba por él”. Me puse muy nerviosa, ya que me podían tener ahí por ese reloj, pero jamás se lo daría se lo debo mi padre.

El reloj funcionaba eran la siete, pero no sabía si era por la mañana o por la tarde. Otra vez empecé a escuchar los mismos pasos, supuse que sería el hombre de la cicatriz y estaba en lo cierto, le dije “hola”, pero no me contestó, soltó la bandeja y se fue .Pude ver un rastro de luz mientras tuvo la puerta, así supe que era por la mañana. El hombre vino una y otra vez así durante dos semanas, estaba empezando a perder toda esperanza, como siempre ese asqueroso hombre vino, soltó la bandeja (a estas alturas ya me parecía una rutina) pude ver que sólo había oscuridad tras él, una vez más le dije “hola” y otra vez pasó de mí  y se fue. Al menos sabía que era de noche, esta vez ni siquiera toqué la bandeja. Estaba muy cansada y me dormí muy pronto, empecé a soñar, vi la cara de un francotirador con un pasamontañas.

Cuando me desperté me toqué la cara y estaba sudando, pero entonces me di cuenta de que dos brillantes ojos me estaban observando, me acerqué, no me lo podía creer ¡era una rata¡ grité y el hombre de la cicatriz entró como si estuviera al lado de la puerta, dijo:

-¿Qué pasa?-preguntó con descaro.
-Que hay una rata.
-Bueno, ya la tengo adiós.
-Adiós, gracias.

Justo cuando se iba a ir alguien dijo algo y se fue corriendo, cerró la puerta, pero no el pestillo; era mi oportunidad de salir de aquella maldita habitación. Espere un poco, abrí la puerta y había un largo y oscuro pasillo, giré a la derecha y empecé a correr como nunca lo había hecho. Bajé por una escalera y me choqué con el hombre de la cicatriz, me miró y me dijo:

-No soy alemán.

Me hizo una seña para que le siguiese y me dio una pistola. Seguimos recto, giramos a la izquierda, abrió una puerta y por primera vez en dos semanas pude ver la luz del sol, al principio me molestaba mucho, pero poco a poco me fui acostumbrando; miré hacia el horizonte y sólo vi edificios derrumbados. Empezó a correr hacia lo que parecía ser un refugio y le seguí. Cuando llegamos vi a más gente que me miraba con mala cara y empecé a ponerme nerviosa. El hombre de la cicatriz se dio la vuelta, me miró y dijo:

-Me llamo Alex, no soy ni alemán ni inglés, soy americano.
-Yo también soy americana.
-Pues mejor, dormiremos aquí, pero mañana nos iremos a las seis.
-¿Por qué nos tenemos que ir?
-Porque se darán cuenta de que no estoy y revisarán tu celda, porque yo soy quien te traigo la comida, y si nos encuentran nos matarán.
-Vale.
-Este refugio es el norte A y mañana iremos al noroeste C. Toma una metralleta a parte de la pistola por si acaso, pero no la pierdas.
-Creo que no me hará falta.
–Dormirás en la habitación B6 y yo en la C45.
-Entendido, hasta mañana.
– Hasta mañana.

Me costó encontrar mi habitación, pero al final lo conseguí. Cuando llegué me tumbé en la cama, me dormí y a la mañana siguiente…

Relato sin título – JMF

Me desperté en aquella habitación. No puedo recordar exactamente cuándo inició, pero mi aprensión hacia recuperar el sueño parecía corresponder con haber sido trasladado a una habitación propia. Tenía doce años entonces, y hasta ese momento había compartido una habitación con mi hermano mayor, se llama Carlos. Como es perfectamente comprensible para un niño cinco años mayor que yo, finalmente acabo pidiendo una habitación para él solo y, como resultado, me entregaron la habitación en la parte de atrás  de la casa.

Mi nueva habitación era una habitación pequeña, estrecha, y sin embargo extrañamente alargada, lo suficiente como para tener una cama y un par de muebles, pero no mucho más. Realmente no podía quejarme, incluso a esa edad, comprendía que no teníamos un hogar grande y no tenía ningún motivo para estar decepcionado, puesto que mi familia era tanto amorosa como protectora. Fue una infancia feliz, durante el día, me iba con mis vecinos a hacer deporte y por la noche, salía al centro con mis amigos del colegio.

Una ventana solitaria daba a nuestro precioso jardín trasero, nada fuera de lo normal,  pero incluso durante el día la luz que se colaba en esa habitación era inmensa.

Mientras que mi hermano recibió una nueva cama, a mí me dieron la antigua, que mi hermano no quería. Aunque me sentía mal por tener que dormir a solas, estaba emocionado ante la idea de poder dormir en la cama de mi hermano (antigua) porque recuerdo la viejos tiempos.

Siempre solíamos ir al parque juntos pero ahora que se ha hecho mayor, no quiere porque piensa que sus amigos si le ven con un niño chico (yo) se iban a reír de él y por eso ya no le gustaba salir conmigo.

Al día siguiente, cuando fui al cole, A la hora del patio, como no había cogido almuerzo de casa, me compré un bocadillo en el bar y me fui con mis amigas al patio, le di un mordisco al bocata y noté que algo se movía dentro de mi boca y escupí rápidamente, ¡era un gusano! Menudo asco me dio, regresé al bar y me quejé. La mujer que estaba detrás de la barra me dijo que era imposible que tuviera un gusano en mi bocata y que habían sido ilusiones mías, pero yo estaba segura de lo que había visto, y además mis amigas también lo vieron.

Al día siguiente cuando fui al bar de nuevo, me dijo: hoy te voy a invitar a un refresco porque creo que lo pasaste mal ayer, perdona. Me tome el refresco y al rato cuando entrábamos a clase ocurrió una cosa muy extraña, que  mi mejor amigo me empezó a insultar y a despreciarme.

Cuando quise darme cuenta era  muy tarde y estaba lejos de casa. No sabía cómo había llegado hasta esta parte de la ciudad Se trataba de una zona marginal con todos los males que nuestra sociedad nos brinda. Tenía una mezcla de miedo y resaca  Comencé a andar más rápido para salir de allí cuanto antes y a unos metros de mí escuché una gran carcajada seguido de una voz que se acercaba pero no acerté a entender lo que decía. Yo ya no andaba, corría a lo largo de la calle pero esa voz cada vez estaba más cerca y no me atrevía a mirar atrás, tuve valentía y me gire y de repente vi a un hombre vestido de negro que me perseguía y empecé a correr hacia cualquier sitio sin tener en mente a donde tenía que ir ni si me esperaban en casa, tenía mucho miedo, llegue hasta un callejón sin nadie, ahí fue donde pude esconderme de la persona que me buscaba, Él paso por ahí fueron los peores segundos: mi corazón latía a más no poder pero se me pasó cuando paso llegué  a mi casa a llamar a la Policía. En unos minutos encontraron a mi perseguidor tirado en el suelo bebiendo.

Cuando llegue a mi casa, le conté a mis padres lo ocurrido, y me dijeron: “Gracias a Dios que no te han cogido” y que también debía andar con cuidado por la calle.

Fantasmas del pasado – J. S. S.

Me desperté en aquella habitación, con una decoración muy simple: un mueble, la cama en la que estaba y una luz tenue que la alumbraba parcialmente. La habitación me resultaba muy familiar, pero no sabía por qué, ¿quizás sea aquella en la que estuve en mi infancia? “No creo”, me dije a mí mismo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, conseguí ver una puerta; me incorporé en la cama y antes de poder levantarme, alguien la abrió; me sobresalté, creía que estaba solo en la casa.
-Hola, ¿Quién eres?— le pregunté, pensando que me respondería, pero me ignoró.
-Hola— repetí—. ¿Sabes hablar mi idioma?
No hubo respuesta en ninguna ocasión, me levanté y me puse delante para detenerle el paso… me atravesó. “¡N-no es posible! ¿E-estoy muerto?”, pensé.
En ese momento mi cabeza se llenó de dudas: ¿cómo he muerto?, ¿qué hago aquí?, ¿quién es ese hombre? Pensé que tenía que salir de allí, resolver mis dudas. ¿Pero cómo? Sin saber cómo, abrí la puerta y salí, había cuatro puertas. “Una de ellas llevará al exterior”, pensé.
Me puse a buscar una que fuese hacia el exterior, cuando la encontré, el paisaje que vi fue realmente extraño: no había nada, solamente una calle desértica, ni un árbol, ni animal ni ser vivo se veía. Todas las ventanas de las casas estaban rotas, todas tenían la misma frase en las puertas: “No hay nada más que la desesperación”.
Estuve meditando durante horas aquella frase: “No hay nada más que la desesperación”. ¿Qué significará? —seguro que tiene algo que ver con la casa en la que estuve— pensé. ¿Pero el qué? Estuve buscando un supermercado o tienda para coger comida, solo vi uno que estaba vacío.
Tendría que volver a la casa para conseguir un poco de comida, esa idea no me gustaba, pero tenía que hacerlo. Cuando volvía me fijé si algo más aparte de las casas estuviese dañado. No, no había nada más dañado, eso me parecía aún más raro, las ventanas eran muy estrechas, si alguien hubiese querido robar, hubiese roto la puerta.
Absorto en mis pensamientos llegué a la casa en la que m desperté. Cuando entré me di cuenta de que la decoración del pasillo era lujosa, nada que ver con la habitación en la que me desperté. Busqué la cocina, no me llevaría más de un par de minutos encontrarla. Al abrir la nevera, me di cuenta de que estaba llena, pensé que en una casa donde no vivía nadie era extraño que la nevera estuviese llena. Me di cuenta de que el hombre que me había encontrado en la habitación no estaba, pensé que a lo mejor se había marchado y que ya volvería.
Cuando terminé de comer, me dispuse a seguir investigando la ciudad, anduve por la ciudad durante, aproximadamente, media hora; llegué a un barrio donde las ventanas no estaban rotas.
-¡Qué extraño!— exclamé— ¡Las ventanas no están rotas! ¿Habrá alguna persona aquí que sea capaz de verme?
Con el corazón en un puño, llamé a la primera casa de la manzana, durante algunos segundos, estuve esperando algún signo de vida, al final decidí marcharme. “Espera, joven”, dijo una voz de anciano a mis espaldas. Extrañado de que alguien fuese capaz de verme, me giré— ¿Es usted capaz de verme? —le pregunté —. Sí, pero detecto algo extraño en ti—hizo una pausa y dijo— estás muerto.
Con un nudo en la garganta, le pregunté cómo era posible que me viese si estaba muerto.
Sencillamente, joven— me sonrió de una manera malévola— te maté yo. —Sentí como desfallecía y estaba a punto de desmayarme— ¿Por qué?— pregunté con un hilo de voz.
A todos nos llega la hora muchacho: a algunos por una enfermedad, a otros por enfermedades y a otros… por un encargo. — Supe que se estaba refiriendo a mí, aproveché para preguntarle— ¿Quién? ¿Por qué la habitación de esa casa me era tan familiar?
El nombre no puedo decírtelo, tampoco puedo describirte quien fue, pero sí puedo responderte el por qué te parce tan familiar la habitación. No sé si te acordarás, pero hace catorce años, viniste a este pueblo de vacaciones, y te hospedaste en esa casa, ese es la razón.
¿Podrías decirme por lo menos donde vive la persona que me quiso matar? — pregunté.
Claro—respondió— vive en aquella casa de allí— me respondió señalándome una casa que parecía a punto de derrumbarse. — después de decírmelo, desapareció.
Me dirigía hacia aquella casa con una mezcla de varias emociones: ira, sorpresa, confusión… Para mi sorpresa, la puerta estaba abierta, me lo tomé como un desafío, como si quisiese demostrarme su superioridad ante mí.
— Bienvenido, Kylan. Te estaba esperando— me enfureció a un más que supiese mi nombre. — ¿Dónde estás? Si eres tan “fuerte” como para mandar alguien a por mí para matarme,               ¡Aparece!
Estoy aquí, Kylan, ¿Es qué no me recuerdas? —Al lado mía apareció una figura femenina, no aparentaba tener más de veintiocho años.
¡Liliane…! ¡Pero qué…!— Ahora sí que estaba confuso de verdad— ¿Por qué has hecho esto?
Creía que eras más listo, Kylan. Tú intentaste matarme a mí, ¡¿Recuerdas?!
Teníamos solo quince años… ¡Tú sabes que fue sin querer!
Aun así, lo intentaste. La venganza es un plato que se sirve frío, Kylan.
Sentí como me volvía cada vez más transparente… hasta desaparecer por completo, escuchaba su voz que decía: “Hasta nunca, Kylan”.