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Toda espera tiene su recompensa – M. C. T.

Cuando lo abrí me quedé fascinada por ver lo que contenía, fue una sensación un tanto extraña ya que pensaba que dentro de ese armario estaba la ropa de mis padres, pero vi que no. Lo que contenía era una caja. Al verla noté un cosquilleo en la barriga porque pensaba que era una broma o algo parecido, pero no… estaba ansiosa por ver el contenido de la caja ya que la curiosidad se iba haciendo mayor. Me dispuse a abrirla pero en ese mismo momento entro mi madre, e inmediatamente guarde la caja y cerré el armario. Cuando me pregunto que qué estaba haciendo le respondí con un: “Nada, mamá. Estudiar”. Ante esa respuesta mi madre no supo que decir ya que no tenía ni un libro sobre la mesa pero a ella no le importó y me respondió: “Buenas noches, te quiero”.

Cuando mi madre se fue me di cuenta de que le estaba dando mucha importancia al tema, entonces decidí dormirme. Al día siguiente me desperté a las 7 como es habitual, me duché y me lavé los dientes. En ese momento se me vino a la mente la caja y decidí ir a ver si conseguía verla. No me daba tiempo, así que decidí marcharme sin saber su contenido, ya lo descubriría mas tarde. La mañana se me hizo eterna en el colegio deseando llegar a casa. Cuando terminé las clases salí pitando sin hacer caso a nadie.

“Al fin… llegué”, me decía mientras abría la puerta, al entrar mentí por segunda vez a mi madre y le dije que me iba a estudiar. Pero no… no me iba a estudiar, iba a ver esa caja misteriosa, por así llamarla. Y lo volví a intentar, volví a abrir el armario y en ese momento se me puso una sonrisa en la cara. En el momento en el que me disponía a abrir la caja, entró mi hermano pequeño. Al ver que no era mi madre no le di importancia pero enseguida llegó la pregunta esperada: “¿Eso qué es?”, a lo que respondí: “Nada, no te importa”, así que se fue. No le di mucha importancia, pero desde ese día no pensé ni un segundo en abrirla, pasaron días, meses, años… y la caja seguía allí.

Un 12 de diciembre me acordé de la caja, y de que no había descubierto todavía el misterio que contenía. Me dispuse a abrirla por tercera vez y en esta ocasión estaba por fin sola en mi casa, sin nadie que me pudiera molestar. Abrí el armario y de repente escuché el pestillo de la puerta.  Sentí miedo al no saber quién era, pero pensé que sería mi padre. Lo que haría para abrir la caja sola, sin nadie, era esperar hasta que mi padre se durmiera para poder abrirla. Pero no había manera, no se dormía. “La suerte no es lo mío”, pensé.

Cansada de nuevo de la espera, decidí no abrirla hasta un día en el que no hubiera nadie. Pasaron dos años y no me vi capaz de abrirla. Un día no pude aguantar más y la abrí. Fue una decisión muy importante y esperé varios segundos en reaccionar. Según la iba abriendo me temblaba todo el cuerpo, no sabía qué hacer para calmarme y al fin la abrí. ¿Queréis saber lo que contenía? Contenía muchos recuerdos familiares, cuando lo vi empecé a llorar de alegría, ya que me había dando cuenta de que esos segundos, minutos, horas, años… habían valido la pena.

Si quieres hacer algo y no puedes realizarlo en ese momento, espera lo necesario para poder realizarlo, porque toda espera tiene su recompensa.